El escultor

Existió un artista que recorrió el mundo a martillazos de su cincel: era un artesano del mármol; sus figuras se alzaban en las plazas y edificios de todas las ciudades. El secreto de su virtud no era el haber practicado 10.000 martillazos una vez, sino haber practicado un mismo martillazo 10.000 veces. Pero las noches para él, como para cualquier otro mortal, eran largas e inquietamente solitarias.

En las mañanas, se levantaba temprano y salía a caminar para calmar su espíritu. Fue en uno de sus tantos paseos por la ciudad en la que vivía, que se le ocurrió la idea para la piedra filosofal, la obra de arte en la que podría transmutar su esencia para vivir por la eternidad, como los poetas que escribieron usando su propia sangre como tinta.

Tomó el bloque de mármol blanco, que había evitado durante más tiempo del deseado y lo miró por última vez como tal, de ese momento en adelante solo una idea vería donde otros seguían viendo roca. Clavó su mirada en un punto, y decidió que aquel sería el lugar del primer impacto, el eco del yunque de Hefesto, el Big Bang. Respiró hondo al mismo tiempo que apoyó el cincel y descargó en un suspiro un soberbio martillazo. El cincel penetró en el bloque, y volaron por los aires las primeras estrellas de mármol que conformarían el Universo del artista.

Ahora las noches sin sueño resultaban una bendición para el escultor. Hizo uso y aprendió de la música. Sus golpes eran armoniosos, formaban una melodía, con notas y silencios. Después de unos pocos días, la figura había tomado la forma de una mujer. Estaba agachada, recogiéndose el cabello desnuda. Las líneas de los músculos de las piernas se marcaban de una manera deliciosa, los dedos de los pies estaban tallados a la perfección, así como también los de las manos, que tomaban el cabello ondulado. Por algún motivo, al verla era imposible no imaginar que era la representación de una muchacha colorada. El busto no era exuberante pero más que modesto, firme y redondeado. Los pezones no estaban rígidos, lo que dice mucho. Sin dudas no era perfecta. Pero contenía la belleza de lo simple, muy lejos de la simpleza. El rostro era único, como el de toda mujer, pero también era muy especial. La nariz era la de su primer amor: la madre. Los ojos y sonrisa eran los de su último gran amor, no porque no haya vuelto amar, sino porque se propuso que no volvería a amar de la manera que lo hizo con ella, es decir, sin amarse a sí mismo. El resto del rostro donde se insertaban estos, era la cara de su primer amiga.

Llegó el día, mejor dicho, llegó el martillazo último. No tembló, aunque en el proceso pudo haberlo hecho, el golpe final fue tan seguro como el primero. Dejó caer martillo y cincel y se arrodilló llorando de alegría. Era la primera vez que experimentaba esta experiencia, en apariencia tan contradictoria. Se sentó con la espalda contra la pared, armó un cigarro con sus manos, y se las quedó viendo un largo rato. No las desconocía pero si le sorprendían, no recordó nunca haberles dado una orden. Un ruido proveniente de la escultura lo sacó de aquel trance y quedó cautivado con la imagen. La luz de la luna había entrado por la ventana, mostrando una cara de la obra que él no se había imaginado. Se sintió Odiseo escuchando el canto de las sirenas y se dejó arrastrar en un sueño profundo.

Peligroso pueden resultar los mares del sueño para el insomne, que ha estado lejos de los vientos de estos, necesarios para que todo marinero aprenda a surcar el inconsciente y diferenciar los sueños vívidos de las experiencias de la vigilia. Soñó que Mefistófeles subía a visitarlo. Él todavía yacía sentado en el piso, el cigarro apagado por la mitad y hasta incluso la luz de la luna se había movido por sobre la figura. El Señor había escuchado de su reputación y quería pedirle una escultura para colocar en la entrada del Averno. A cambio, prometía un deseo. El artista se levantó, miró la mujer de mármol quieta y en silencio y se le ocurrió: “Noble demonio, quiero que este mármol y yo sintamos lo mismo el uno por el otro”. Fue un trato. Allí mismo tomó sus herramientas y comenzó a cincelar otro bloque de mármol.

El tiempo en los sueños es tan irreal como en la vigilia. El artista no había despertado pero había terminado una descomunal obra en su sueño. Satisfecho, el demonio interpretó el deseo del artista como le pareció y desapareció con la obra. Al mismo tiempo, la figura de la mujer, exhaló casi llorando, como un bebé recién nacido. El artista entonces, al querer acercarse a su creación, sintió que se volvía más pesado y lento. Miro sus manos y notó que habían cambiado de aspecto y color. Se golpeó para confirmar sus sospechas, él también ahora era de mármol.

Resultó que al principio, esto no fue ningún inconveniente para el artista. Ahora sentía igual que su amada y podía vivir eternamente. Él le mostró la vida, le leyó historias, hizo que escuchara melodías, y le hizo conocer lugares realmente mágicos de la ciudad. Pero veía que ella no era feliz y por lo tanto, él tampoco lo era. Entonces hizo lo que cualquier otro hubiese hecho en su lugar, intentó cambiarse a él y a ella. Cinceló y puso masillas en ambos. Descubrió lo doloroso que era el proceso, ahora que sabía lo que significaba martillar desde el lugar del mármol. Llegó el día, aún dentro del sueño, en que no reconoció a su amada y tampoco a sí mismo. Intentó un último arreglo pero ella se negó, entonces el apoyó el cincel en su frente y ella lo terminó a él.

Despertó exaltado y con una gran angustia. Se acercó a la figura que a pesar de tener los ojos fijos, no lo miraba. Quieta y en silencio posaba indiferente a su amante. Aunque no se animó a destruirla, la tapó con una tela y nunca más la volvió a ver.

 

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