Mamushka

—¡Ah! —exclamó Rafael con un gesto de eureka, haciendo sobresaltar a sus compañeros de trabajo con los que había salido a dar un pequeño paseo en la hora del almuerzo —¡Tengo que contarles el sueño que tuve! Soñé que me desperté en mi casa (esto lo dijo “entre comillas”, juntando índice y mayor de ambas manos a cada lado de su cabeza y flexionándolos dos veces), entonces me preparé para ir a trabajar como hago cotidianamente, esperé y subí al tren, que vino retrasado como siempre, resolví mis pendientes en la oficina y salí a fumar después de comer, como todos los días. Pero cuando volví, ya antes de tomar el ascensor, una extraña sensación me surgió en la parte trasera de la nuca que me estremeció. Marqué el piso, las puertas se cerraron y comencé a subir. De pronto, las luces se apagaron, el ascensor se detuvo y las puertas se abrieron. Una luz me cegó, y al disiparse estaba de vuelta en mi casa, en mi cama. La escena se repitió entonces una vez más, pero esta vez yo intuía algo extraño; y nuevamente, cuando llego al ascensor, la presión en la nuca, las luces que se apagan, las puertas que se abren, la luz que me cega y otra vez en mi cama. En cada repetición, aquella intuición se hacía más fuerte, pero a pesar que sabía que debía evitar el ascensor, una fuerza magnética me arrastraba hacia él.

—¿Cómo se despierta alguien de un sueño así? Digo, ¿cómo sabés que no seguís soñando? —bromeó Martín.

—Bueno… en el sueño… la diferencia… cuando me desperté de verdad… no… —titubeó Rafael hasta que finalmente dijo —creo que la única diferencia era que no estaban ustedes ¿Cómo sabés cuando estás despierto? —retrucó.

—Supongo que de la misma manera que sabés cuando estás dormido —se animó Cristian.

Los tres doblaron en la esquina del edificio donde trabajaban y encararon para la entrada principal. Rafael se había quedado rezagado, caminaba con paso blando, frotándose la nuca, como no queriendo llegar. Pasaron por los molinetes y se pararon enfrente del ascensor a esperarlo. Martín, que notaba el nerviosismo de Rafael, sugirió usar las escaleras. Subían por ellas, cuando nuevamente Rafael se detuvo y gritó con un gesto de eureka.

—¡Encontré la solución a mi sueño! Era esto, tenía que subir por las escaleras ¡Estoy despierto!

Cristian que estaba escalones más arriba, se había quedado duro, dio media vuelta y con la cara pálida dijo:

—¿Ustedes también la escuchan?

—¿Qué cosa? —ambos.

—La… la risa… la risa maniática… ¿en serio no la escuchan?

—No

—Entonces… yo no.. yo estoy durmiendo.

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