La maldición de Sebastián

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Era la hora del almuerzo y Cristian y Martín, como todos los días, tenían una conversación dialéctica sobre algún que otro tema filosófico propuesto por la mañana, y debatido más tarde durante la comida.

Aquella vez, disertaban sobre el concepto de autorrealización en Jung cuando Sebastián, los interrumpió con una anécdota, según sus propias palabras, «de lo más extraño que me pasó en la vida».

«Ayer, volvía en el colectivo para mi casa después del trabajo, cuando subió una chica, rubia, no era la gran cosa, y se pone a mi lado. Hasta ahí, todo normal. Lo interesante comienza cuando en una frenada, la chica busca aferrarse y toma el pasamanos inmediatamente debajo de mi mano. Todavía todo normal», Cristian y Martín se miraban, imaginaban a dónde podía terminar la historia. «Entonces empieza a acariciarme la mano». -¿Y qué hiciste vos?- «Le devolví la caricia. Y resulta que al cabo de unas paradas, terminamos agarrados de la mano». Se empezaron a reír. «¿Pueden creer…? la flaca ni me miraba. Se acercaba mi parada, ¡y nada! La flaca con la cabeza gacha y la mirada clavada en el piso. Entonces, de manera muy obvia, me asomo por debajo hasta que me mira. Y le tiro la boca… así es señores, me comí una mina en el colectivo. Me tuve que pasar un par de paradas pero valió la pena».

La cara de triunfo de Sebastián se deshizo ante la mirada seria y a la vez cómplice de Cristián y Martín. «¿Qué pasa? -¿Nada más, no pasó nada más?- preguntó Martín. «No, quedó ahí, no le pedí el teléfono, ni sabe mi nombre (guiñando el ojo haciendo alusión a un chiste interno) ¿Por qué?».

-Te pasaron un maldición. ¿No te das cuenta? -sentenció Cristián, ante la mirada pícara de Martín.

-«¿De qué hablás? Tienen que dejar de fumar cosas raras ustedes dos, aparte siempre hablando de cosas incomprensibles y sin sentido».

-A ver… pensalo bien ¿Estaba lleno el colectivo o había más espacio?

-«Había espacio… ¿a dónde querés llegar?»

-Me decís que nunca te miró y ni habló, ¿verdad?

-«Sí, ¡¿Y?!» -Sebastián estaba jocoso, sabía que era una broma, porque aparte de lo ridículo que sonaba todo (hasta su propia historia) Martín no podía contenerse de la risa, se le notaba en la cara.

-Y ahí lo tenés… imaginá esto, ella se sube al colectivo, se acerca a vos mirándote, te saluda y dice su nombre mientras te da la mano y luego te pide un beso para que la liberes de un hechizo.. ¿No sería más lógico? Pero esas cosas no pasan Sebastián. Claramente, estaba ella misma hechizada y la única forma de romper el hechizo era pasándoselo a otra persona, por eso se acerca sin hablarte y sin mirarte, no te puede pedir el beso, así no funciona la magia.

Al terminar de decir esto, los tres estallaron en una carcajada. -Es para un cuento -dijo Martín al recuperar el aliento. «La respeto a la flaca, yo no lo haría».

Ese mismo fin de semana, Sebastián tenía una salida a una discoteca en Devoto. Ya había averiguado cómo ir en el tren y tenía una “amiga” que lo haría entrar gratis, y al VIP inclusive.

El lunes el tópico en el almuerzo fue la ecuación de Bayele, y cómo ésta explica que aunque la realidad sea incognocible, podemos aproximarnos mucho a ella través de los datos y los intentos nuevos que realizamos para conocerla. Otra vez, Sebastián los interrumpió, su cara denostaba preocupación.

-«¡No era broma, es verdad todo!»

-¿De qué hablás?

-¿Qué te pasa?

-«La maldición, tenías razón» -Cristián y Martín se miraron confundidos. «¿Se acuerdan que les conté que el sábado me esperaba una noche épica? Bueno, de hecho lo fue, pero no el sentido que imaginan. Resulta que llegué a la discoteca y mi amiga no había ido a trabajar, estaba enferma, igual pude pasar porque le mandó un mensaje a un seguridad de allí. El lugar era increíble, lleno de mujeres hermosas, un paraíso. Me pedí algo para tomar y desde la barra inspeccioné el ambiente; una vez elegidas las presas, salí a cazar. Ni una, todas pero absolutamente todas me esquivaban la mirada Parecía como si olieran a la distancia y apenas me movía con intención de acercarme, salían corriendo como gacelas asustadas. Fue rarísimo. Así estuve un par de horas, hasta que me resigné en la barra. Después de unos cuántos tragos, me acordé de lo estupidez acerca de la maldición que me habías dicho. Hice una simple prueba, comencé a caminar por la disco con la cabeza gacha y la mirada en el piso. Todo normal, no pasaba nada, ahora, ni bien levantaba la cabeza y hacía contacto con una mujer, estas se movían hacia otra parte, alejándose de mí. Ebrio, me volví para mi casa pero como no quería hacerlo solo, le hablé a todas mujeres que tengo como contactos en el celular… todas, me clavaron el visto… y claro, tenía una foto de perfil mirando directamente a la cámara. Me saqué rápido una selfie mirando hacia abajo y me contestaron todas casi al mismo tiempo.

Martín, que había escuchado muy seriamente toda la narración de Sebastián, sacó de su bolsillo una libreta marrón atada con un piolín, busco un a página y leyó:

“Los ojos de las mujeres deben conquistarse” y agregó:

-Es el nombre de un poema perdido por un poeta anónimo del siglo XVII. Aparentemente, su amada fue robada por un galán y como buen bardo, echó una maldición en toda esa casta de hombres con su poesía. Siempre ha sido más peligroso un poeta que un brujo. Más allá de lo curioso de la historia, me puse a investigar, y tras foro tras foro en internet llegué a este poema.

Lo miró a Cristian y luego ambos a Sebastián directo a los ojos.

-Sabés lo que tenés que hacer – dijeron al unísono.

-No, no puedo…

Hay una leyenda urbana, se dice que se puede ver en el barrio de Flores a un joven galán, subir a los colectivos con la cabeza gacha, arrimándose a mujeres e intentando tomarle de las manos.

 

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