Don’t Fear the Reaper

Canción: Don’t fear the Reaper
Banda: Blue Öyster Cult
Disco: Agents of Fortune

Te pido, me sigas en esta historia y pongas play al video que está al final. Ahora, imagina un escenario oscuro y el murmullo de conversaciones, vasos que se chocan, sillas que se arrastran y risas ocasionales llenando el espacio. De pronto, las luces en el escenario se encienden bañando a los músicos de una banda misteriosa, vestida de forma ceremonial, con amuletos parecidos a signos de interrogación colgando de sus cuellos y pintado en el bombo de la batería.

El arpegio de una guitarra comienza a sonar ascendiendo como una plegaria; se repite una, se repite otra vez, agregándosele un rápido ritmo de percusión que lo remonta aún más alto. Sin que pase mucho tiempo, una voz coral se abre paso entre las notas, atraviesa el escenario, a desprevenidos, todo.

Así como te pedí que me sigas en esta historia, la banda con su música nos pide que los sigamos a ellos con su historia. Entonces el arpegio se detiene, la voz y la música cambian manteniendo una armonía mística, y la letra que nos profesa:

Las estaciones no temen a la muerte,
Tampoco el viento, el sol o la lluvia, podemos ser como ellos…
No le tengas miedo a la muerte

Aquí la jovialidad funciona como la clave al principio de las partituras, para guiar la procesión de notas, solo que en este caso guía las emociones. Nos dan ganas casi hasta de bailar.

Prestá atención al pequeño solo que irrumpe por detrás del estribillo que repite el nombre de la canción, y que se intercala con un “lalala” existencial. Má tarde comprenderán por qué les pido esto.

Vuelve el arpegio, sigue la alegría.

Y finalmente se introducen los personajes de esta historia. Pero no nos engañemos, no son Romeo y Julieta, aunque los nombre. No, los protagonistas de esta historia somos nosotros, la pareja shakespeariana es solo un ejemplo de lo que podríamos ser, al igual que el viento, el sol o la lluvia.

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La composición no da para más, no puede repetirse otra vez el verso y el estribillo, no por el momento, sino la historia nos parecería repetitiva y, por supuesto, aburrida.

Es el turno de ella, de la Muerte y su respuesta a esta banda de músicos y su historia. Es la segunda parte de la canción, o bien podría ser otra. Las luces del escenario se vuelven a apagar al mismo tiempo que los timbales se aquietan en el silencio. Un punteo demoniacamente repetitivo abre el piso entre medio del escenario y nosotros, la llamas ascienden y nuestra atención es arrebatada hacia lo profundo de este. Descendemos como una maldición con cada nota que se estira y se transforma en otra más aguda. Vemos uno por uno los nueve círculos del Infierno que describió Dante en su Comedia, y hasta somos devorados por el mismo Lucifer.

La consciencia se pierde en un intenso vibrato; hasta que vuelven las luces y la banda con el arpegio inicial. La nota sostenida por la Muerte se sigue escuchando de fondo, como un miedo lejano, insistente. Entonces la composición se vuelve perfecta, esa insensata voluntad de vivir con la que la banda vuelve a cantar se convierte nuevamente en una jovialidad que ahora está por sobre la música de la muerte. Y esta, finalmente estira la nota que venía sosteniendo y nos trae devuelta.

La partitura se va apagando en el silencio, con los punteos de la muerte de fondo en comunión con la parte jovial de la canción.

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