Escolazo

Esa extraña sensación de incomodidad, aquella que aflige a quién haciéndose el gracioso no causa gracia, me atravesó al despertar, me sentí un desconocido así sin más, sin pasado, sin recuerdos. Sentí como si ya hubiera estado allí. Experimenté algo, seguro de que ya lo había sentido antes. Podría haberlo negado, pero no quería. Estaba totalmente embebido en la desesperante paradoja de no reconocer las paredes descascaradas que me rodeaban, en desconocer ese techo enmohecido, en dudar del reflejo que el espejo sobre la cómoda me devolvía. Es innegable que me veía a mi mismo, pero no sabía quién era.

Lo que siguió a ese día, lejos de acercarme a la realidad, confirmó mis sospechas. Era un sueño. Hacía tiempo que ciertos tipos de lecturas torturaban mis  razonamientos,  reduciéndose la vida a una inmensa incongruencia, determinando todo pensamiento a la más ultrajante desconfianza de todo y todos. Nada era lo que parecía ser y solo yo estaba a la vanguardia de esta idea, era inconmensurable que otra persona entendiera lo que yo percibía. No tardó en envenenarme, como una serpiente que se muerde a sí misma, ese escepticismo y desconfié de mi postura, de mi propia realidad. Terminando por confundirse los estadios de somnolencia con los de vigilia, entré finalmente a ese letargo rutinario a la que la vida en sociedad nos induce.

Mi primer sospecha sobre está realidad subalterna fue el encuentro con Dios. Era todo lo que uno puede esperar de Él pero a la vez no. En un diálogo breve y conciso comprendí, para alimento del mayor de mis miedos, que de tener alma, esta no me pertenece. Esta figura divina no pudo asegurarme la existencia del alma, menos que sea inmortal, pero si me confirmó que no es mía y que tiene valor. Nada es directo ni simple. No sé si tengo alma, pero si sé que no me pertenece y que algo vale. La muerte no me es tentadora, ya no más, prefiero extender este préstamo que llamamos vida hasta las últimas consecuencias, y de ser necesario, apostarlo todo contra la banca.

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