Beato

La noche empezó aun de día, ansiosa por poseerlo como un demonio. Después del trabajo, se encontró con su amigo “el empresario”, en un bar que llevaba el nombre de un dios nórdico. Como todas sus amistades, este tenía algún poder especial, en su caso era crear dinero —W, no me preocupa eso, yo a la plata la hago aparecer— le dijo a la vez que le pasaba unos cogollos que había comprado como inversión. Después de dos cervezas se fue a terapia bastante entonado. Decidió tomar un taxi. Por el efecto del alcohol, se adelantó al taxista y habló él primero —¿Te gusta ser taxista?— al mismo tiempo que tarareaba para sus adentros una canción cambiándole la letra, “qué es lo que hace un filósofo cuestionando a un taxista”. Para su sorpresa, este era un enfermero psiquiátrico —Viste cómo está la cosa, no alcanza, ahora después de dejarte a vos me voy a ver a unos pacientes—. Pagó el “viaje-sesión psicoanalítica” con el taxista y entró al edificio de su terapeuta. Es un poliamoroso de la mente.
Como todas las semanas, se divirtió con el lento juego de seducir a la secretaria en esos menos de cinco minutos que dispone. Ella le llama “jóven” y él a ella “jovenzuela”. Entró al despacho de su terapeuta (que no tiene diván) y tuvo una sesión rápida, porque tenía que estar en otro lugar, la noche lo esperaba.
Otra vez en la calle, bajó para tomar el subterráneo. Ni bien subió al tren que arribaba, se topó con un dúo de artistas callejeros tocando una polka, uno tenía un acordeón y el otro una tuba, por lo que estaba levemente agachado ya que no entraba en el vagón.
Salió de las arterias de la ciudad y subió para meterse en las venas de la calle Montevideo. Un artesano en la calle le ofreció un “mate-saxo” pero le pareció muy caro. Cruzó la avenida Córdoba y se encontró en la entrada de un teatro con “la chica con el pelo de colores”. Ambos extraños el uno del otro, como todos.
Entraron a la sala. No había telón en el escenario, la escena se mostraba desnuda bajo una luz central, invitando a meterse dentro de ella. Pasados unos pocos minutos, se oscureció la sala y la sombra de los actores apareció, al mismo tiempo que un sonido ensordecedor y flashes de luces estroboscópicas rojas, metían a los espectadores en el sueño de la obra. Un hombre con una camisa de fuerza irrumpió en la sala, saltó arriba del escenario y se echó a llorar después de las palabras fulminantes de sus compañeros, que estaban todos parados detrás de un diván —”El peor error ortográfico es poner puntos suspensivos a quien merece un punto final. El amor si no es correspondido es obsesión“—. sintió que le hablaban a él y se hundió en su asiento.
Con simples pero efectivas técnicas de iluminación, se fueron desarrollando las escenas con una continuidad onírica. Los actores fuera de acción no quedaban realmente fuera de escena, se volvían una estatua en la oscuridad. Un saxo que había irrumpido al comienzo, saliendo de entremedio del “público”, se sentó en las escaleras que llevaban al escenario y permaneció toda la obra como medianera de la cuarta pared con sus notas. Tan delgada era la línea que separaba la ficción, que una mujer desde su butaca gritó a los “actores”—¡Más fuerte, por favor! No se escucha”—.
Un justo y merecido aplauso dio por concluida la historia pero no la noche. La chica con el pelo de colores llevó a W a un lugar escondido, a pocas cuadras del Obelisco. Para ingresar había que bajar unas escaleras con el ángulo de empinación que W imaginó, deben tener las escaleras del mismo Averno. Un cartel con la palabra “BAR” era lo único que le hacía pensar que todavía estaba en este plano de realidad. El lugar tenía varios sillones, uno de ellos era un diván. La barra disponía de cientos de botellas de todas las formas, tamaños y colores. Se sentaron en una mesa alta de una esquina. Enfrente y detrás de W, dos espejos lo reflejaban hasta el infinito. En la pared, contigua a su mesa, el cuadro de una mujer con ropa interior roja, escondía un as en su portaliga. Y por el espejo veía el cuadro de un hombre y una mujer besándose —Ahora estamos solos, pero cuando no te des cuenta, se va a llenar— le dijo la chica con pelo de colores. Como una especie de premonición, así se cumplió. En cierto momento de la noche, W miró a su alrededor y vio en la barra a una mujer leyendo el guión de una obra de teatro bajo la luz de una vela roja; apoyados sobre una columna, unos hombres hablando animadamente, cada uno con un vaso en la mano; y al otro lado de la barra, cerca del cuadro de una niña soplando burbujas de planetas, otros manteniendo una discusión sobre Urquizas y Rosas a las 3 de la mañana.
Extraños pero interesantes personajes se sucedieron en un desfile surreal acompasados por la música de los Beatles. La barra era tan delgada como la cuarta pared de la obra. Amigos de la casa pasaban de un lado a otro, poniendo música, sirviendo tragos. Aparentemente, por lo que dijo la chica con el pelo de colores a W, uno de los mejores barman de la ciudad, quien no trabajaba allí, era quien servía tragos a los presentes por amor al arte, sin que estos probablemente se enteraran de quién era. Todos compartían ese tipo de charlas donde lo importante no es ver quién sabe más, sino descubrir que se ignoran cosas distintas. Intercambiaron opiniones sobre la noche, tan misteriosa; la verdadera esencia del Arte; géneros musicales, la idea de “cambio” en el Amor real; la inevitable Muerte. De tanto en tanto, W recordaba alguna frase de la obra y la arrojaba cuando creía oportuno —”El pecado más horrible es enamorarse“— se vio diciendo abstraído de sí mismo.
El tiempo pasaba pero la noche no terminaba. W amaneció en un café —Buen día— dijo a la chica con el del pelo de colores que veló por su sueño mientras leía. Se despidieron enfrente de su trabajo. W entró sintiendo no haberse ido nunca el día anterior. Se sentó frente a su computadora, y al hacerla volver del estado de suspensión, leyó en la pantalla luminosa un cartel con la leyenda “Conexión perdida, vuelva a intentar”. Los telones de sus ojos se cerraron y se quedó dormido.

Radiografía de la Generación Beat, los poetas que rompieron todo ...

*93, 93/93*


 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s