Detrás de la bola 8

La luna callaba detrás del cielo nublado sobre la ciudad. En la radio sonaba “Ella, elle l’a”, canción que alguna vez adoró pero ahora escuchaba con espasmódico resentimiento. El celular hacía rato ya que no emitía luz ni sonido alguno por la ausencia de notificaciones; y ninguna de las decenas de series que ofrecía la N roja lo tentaba. Miró el calendario en el escritorio, la fecha le recordaba un acontecimiento que, en otro momento de su vida, había sido importante pero ahora ya no podía recordar qué era, o más bien, no quería. Yacía recostado perpendicular a su cama por la mitad, con la cabeza apoyada en la pared y los pies al lado de la estufa eléctrica. Estaba desprovisto de emociones. No sentía la alegría hacía semanas, nada le producía asco sino más bien indiferencia, era impermeable a la sorpresa por la monotonía de lo nuevo, tampoco tenía miedo, la ira lo había abandonado hacía tiempo y la tristeza se había dejado derramar con las últimas lágrimas que supo llorar.
Se levantó realizando un esfuerzo inmenso, como si sus huesos se hubieran convertido en algún metal. Vistió su campera azul favorita, un regalo, como el resto de su ropa, y salió a la calle justo cuando empezaba a caer una leve llovizna. Era lunes por la madrugada, en pocas horas debía ir a trabajar, pero daba igual ya que no se podía dormir. Sus pasos tenían una seguridad que no le pertenecían, yendo en alguna dirección indeterminada. El silencio de una ciudad dormida le hizo pensar que bien podían estar todos muertos o haber sido abducidos, encontrándose completamente solo en un planeta indiferente a su existencia.
No habría podido decir cuánto tiempo había estado caminando ni cuán lejos, cuando una tenue luz de un local llamó su atención. Era un bar, según pudo leer en un cartel luminoso mientras bajaba unas escaleras empinadas. Saludó con un fuerte “¡buenas noches!” al alcanzar el último escalón pero no obtuvo respuesta. Volvió a insistir con el mismo resultado. El lugar era pequeño, a penas dos veces más grande que la habitación que alquilaba. En el medio de aquel espacio, había una mesa de pool bajo la luz de una lámpara colgando del techo cerca de la superficie. El paño, en vez del característico verde, era negro. En uno de los costados estaba la barra pero no se veía a nadie. Del otro lado, sobre una mesa alta de madera notó el brillo de una botella de Jack Daniel’s llena por la mitad, junto a una bola 8. Tomó la botella y bebió directamente del pico mientras con la otra mano sopesaba la bola negra. Caminó hacia la mesa de pool sintiéndose dueño, dejó el whiskey sobre una esquina, agarró un taco de la pared y puso la bola cerca del centro de la mesa, confundiéndose con la oscuridad del tapizado. Frotó con tiza la punta del taco, extendió los dedos de su mano izquierda y los apoyó sobre la mesa cerca de la bola, a la vez que posicionó la flecha del taco sobre estos; amagó avanzando y retrocediendo el palo varias veces con el movimiento de su otra mano y finalmente golpeó la bola 8 haciéndola rebotar en una banda y en otra, para finalmente embocarla en el vértice más próximo. Agarró nuevamente la botella y la empinó. Un aplauso sin emoción pero continuado proveniente del fondo del lugar le hizo derramar la bebida. Se volvió y vio a una mujer que lo miraba desafiante. Sus ojos eran dos galaxias. Tenía el pelo de color castaño que según el ángulo de la luz se volvía colorado. Su sonrisa era grande pero tímida. Aunque su cuerpo era esbelto su figura era sensual y sumamente atractiva. Vestía una remera de top cruzado que dejaba ver su ombligo sostenido por unas delgadas tiras que descubrían sus pequeños hombros. Llevaba calzas apretadas que no dejaban nada a la imaginación, marcando los músculos de sus largas piernas al caminar. Se acercó a él y cuando quiso decir algo, puso el índice sobre los labios, al mismo tiempo que le sacaba la botella con la otra mano. Rodeó la mesa sacando las bolas de cada una de las troneras sin dejar de beber de la botella. Cuando volvió al lado de él, le entregó el whiskey apoyándolo de manera brusca contra su pecho. Se agachó para buscar el rack debajo de la mesa apoyando su cola contra la entrepierna de él. En un acto reflejo, bebió lo quedaba en la botella de un solo trago, encendido por un fuego interno que el whiskey alimentaba en vez de apagar. El sabor le disgustó. Una vez armado el triángulo, agarró un taco de la pared y se dirigió al otro lado de la mesa. Sin que él supiera de dónde, sacó una bola blanca y se posicionó para abrir el juego. Él podía ver a través del límite de su escote y ella lo sabía -¿Apostamos?- dijo finalmente con una voz que denotaba cierta ternura -¿Qué?- titubeó él -Lo que quieras- contestó ella golpeando con fuerza la bola blanca sin esperar respuesta, provocando un estampida de colores para todos lados y entronando una bola lisa. Él pensó rápido, deseando con los ojos cerrados como quien va a soplar las velas de una torta de cumpleaños. Cuando volvió a abrir los ojos, las bolas se habían detenido y ella estaba observando el diagrama formado en la mesa; tomó nuevamente posición detrás de la bola blanca y entronó otra, y otra más, hasta embocar las siete bolas lisas, cada una seguida por el sonido de un golpe seco y sin eco. Sólo restaba la bola 8—Ten cuidado con lo que deseas— un escalofrío recorrió su cuerpo al escuchar retumbar esas palabras como truenos de una tormenta en su interior y notar que los labios de la mujer no se movían. Lo miraba penetrante cuando hizo el tiro de gracia que embocó la bola negra.
Durante la breve partida, no se había movido de su lugar todo el tiempo con el taco siempre en la mano. Sin dejar de clavarle los ojos, ella arrojó el suyo sobre la mesa con desprecio y se acercó a él tomándolo de su verga. Se arrodilló y liberó el cinturón, sacó el miembro duro y lo introdujo en su boca. Jugó al billar con su lengua, acariciando las bolas con sus manos. La excitación en él se había convertido en cólera. La tomó de la nuca y la empujó con violencia hasta el fondo, acabando en una risa convulsionante. Ella se levantó limpiándose la boca, le dio un beso en la mejilla y se fue atrás de la barra a prepararse un trago mientras él se calzaba los pantalones. Se acercó también a la barra y tomó de lo que ella le había servido haciendo un fondo blanco —¡Salud! —. A medida que el líquido bajaba por su garganta, un dolor emocional palpable, colmaba de vértigo su espíritu. Recordó las palabras nunca dichas por la mujer pero que él había escuchado y le habían parecido más reales que cualquier otra cosa “Ten cuidado con lo que deseas”. Había deseado volver a sentir.

IMG_20170916_003158[1]

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s