Disco del firmamento

La nota musical es un sonido determinado por una vibración de frecuencia constante; el acorde es un conjunto de notas diferentes que suenan simultáneamente; la sucesión de acordes forma una progresión armónica… ¿para qué aburrirles con cosas que seguro saben? Y sino, deberían, porque como decía el filósofo, “la vida sin música sería un error”; por lo cual, la música es el instrumento primordial, tanto para el científico como para el artista al momento de decifrar la realidad.

Hace no mucho que vivo solo. Me mudé al garaje de un vieja casa en el barrio de Balvanera, el cual fue reacondicionado como una amplia habitación. Comparto el baño y la cocina con las otras personas que viven en la casa, en su mayoría extranjeros escapando de las garras de arpías, enviadas por algún dios vengativo a hacer cumplir su castigo. Habían pasado apenas unos días, todavía me encontraba acostumbrándome a la rutina de la solitud; estaba volviendo de hacer las compras para la cena de esa noche cuando un hombre me interceptó en la puerta de entrada. Su aspecto era de pobreza honrada, todo vestido de negro haciendo tono con el color de sus ojos. No recuerdo mucho más sobre sus rasgos porque me llamó más la atención la valija que sostenía con ambas manos. Parecía extranjero, pero de otro tipo, no como mis compañeros de vivienda.

—Vendo discos de vinilo —dijo con su mirada fija en mis ojos, y una voz que me dio escalofríos.

Le contesté intentando recuperarme de aquella sensación perturbadora:

—Me pueden faltar muchas cosas, pero no precisamente discos. Tengo algunos franceses, la primera producción de Delia Derbyshire; la de Le Knight Club; Lestat, por supuesto, y un ejemplar de Irréversible, primer álbum solista del señor Bangalter.

A lo que retrucó:

—Entonces te va a interesar lo que tengo para mostrarte. Es un vinilo muy raro que no vas a poder comprar en cualquier tienda.

Abrió la valija y me lo alcanzó. Era un volumen remasterizado, aunque su portada contaba con un diseño artesanal torpe. Había pasado por muchas manos. Me sorprendió su peso. En el frente decía Crydamoure y en el reverso Waves.

—De los ’70s— aseguré.

—Imposible saberlo— fue su contestación.

Invité al extraño a mi habitación para escuchar el disco y fumar. Puse el disco en el plato, seleccione la velocidad, levanté el brazo del tocadiscos y coloqué la aguja en una pista al azar. Los caracteres en los nombres de las canciones sobre el portadiscos eran extraños. Impreso a dos columnas, del lado izquierdo, lo que creo era el nombre de un único tema enumerado con el ordinal ω; del lado derecho, supuestamente marcando el tiempo de duración, el cardinal ℵ. La melodía que sonaba de fondo me pareció preciosa, muy sugestiva; había gracia en los detalles, poseía una orquestación bien pulida, la cadencia era amena; una mezcla pulcra, sin dudas.

Mi estado orgiástico fue el pie para que el desconocido me dijera fulminante:

—Oíla bien. Ya no la vas a escuchar nunca más.

—¿Es música negra? —pregunté intrigado.

—No —como si contara un secreto —lo conseguí en los túneles de París, a cambio de unos francos y un libro de Filosofía. Su dueño era un mendigo sordo. Le puse el nombre “Disco del Firmamento”, porque tanto el disco como las estrellas en el firmamento son infinitos.

Acto seguido, me pidió que lo pusiera desde el principio. Moví la aguja, pegándola al centro del disco. Fue inútil: no se escuchaba el golpe al apoyar la aguja, ni el aire vacío que capturan los micrófonos momentos previos al arranque de la música; tampoco había silencio, siempre se interponían varias y diversas notas que se hacían camino a través del aire hacia mis oídos, brotaban del disco como si de una fuente se tratase.

—Ahora buscá el final.

Volví a fracasar.

—Sé lo que está pensando, “No puede ser”, pero es. La duración de este disco es infinita. Ninguna nota es la primera, ninguna, la última.

—¿Sos religioso? —lo interrupí.

—Sí, soy mazdeista. Y pienso que el disco un adminículo diabólico.

Le pregunté entonces de dónde venía y si pensaba quedarse, a lo cual, me respondió que pensaba regresar en breve a su tierra. Ahí supe que era francés, de la isla de Córcega, una curiosa casualidad. Le dije en confidencia que amo Francia por el amor a la música y al exquisito oído de sus compositores.

—Y por sus filósofos e Ideas —agregó.

Mientras hablábamos yo seguía explorando el disco infinito. Ocultando mi interés le pregunté:

—¿Qué querés hacer con él?

—Te lo vendo.

Puso una suma elevada, muy lejos de mis posibilidades.

—¿Qué tal si hacemos un intercambio —le dije —si lo conseguiste por por unos cuántos francos y un libro de Filosofía; te doy mis pocos ahorros y un libro que tiene los versos del único poeta que Platón hubiese dejado entrar a su República.

Saqué el dinero de una caja debajo de mi cama y tomé el libro de un improvisado estante en la pared; entregué ambas cosas con cierta ansiedad que no pude ocultar. Volvió las hojas y estudió la carátula.

—Trato hecho.

Ni siquiera regateó. Después comprendí que me había encarado con la decisión de deshacerse del disco.

Ya era de noche cuando se fue. No lo volví a ver y nunca supe su nombre. Pensé guardar el “Disco del Firmamento” con el resto de los vinilos, pero elegí mejor esconderlo detrás de un volumen de la Die unendliche Geschichte. Me acosté y no dormí. A la madrugada prendí la luz. Busqué el disco eterno, y me lo puse a escuchar.

A diferencia de otras cosas con las que me he maravillado, no hablé con nadie ni mostré mi tesoro ni siquiera a mi más íntimas amistades. Me había vuelto paranoico de que me lo quisieran robar o peor, que no fuera verdaderamente infinito para el oído de otros. Me aislé, estaba obsesionado con el disco. Lo examiné en busca del truco. Pero comprobé que las notas nacían y morían con una distancia una de otra de varios tempos, formando distintos y nuevos compases. Las fui anotando en una libreta, la cual llené. Y nunca se repitió una armonía.

Si lograba dormir, soñaba con el disco. Era monstruoso, como extraído de una pesadilla, un disco imposible.

Un día fumando en la habitación, pensé en prender fuego el disco con el cigarro, pero luego pensé que la combustión de un disco infinito podría ser infinita, un fuego eterno. Recordé haber leído un cuento donde el protagonista afirma que “el mejor lugar para ocultar un libro es una biblioteca“. Aproveché un descuido de los empleados de una disquería sobre la calle Corrientes y perdí el disco entre otros vinilos.

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*93, 93/93*


Inspirado en “El libro de arena” por J. L. Borges

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