Banco tomado

Enrique era el resultado de la curiosa combinación entre una personalidad que desempeña labores en tareas informáticas durante el día, y otra que por las noches, es un artista del graffiti. Su especialidad era el tagging. Hacía tiempo ya desde su última salida. Las calles se habían vuelto peligrosas, para todos no sólo para los artistas; para estos las calles siempre fueron peligrosas, hasta que no creen otro mundo. De chico, antes del “Evento”, pertenció a una Crew y competía con otras del mismo estilo, tapando las firmas rivales en las paredes. Por regla personal, jamás tapó una obra que le gustaba. Su preferida, la veía todos lo días en el tren de camino a su trabajo y de vuelta a su casa. Al comienzo de la estación Muñiz, o al final, dependiendo de si se va o se viene, hay un predio con vagones viejos, de esos de madera. En uno de los costados había un dibujo de un búho psicodélico. Pero un día, cuando más lo necesitaba, ya no estaba. Habían pintado el vagón de blanco. Para Enrique había sido un delito, igual que cuando lo hicieron pasar un noche en la comisaría por “dañar propiedad privada”. En este caso, incluso, era un delito más grave: se privaba a miles de pasajeros de una vista extraordinaria y maravillosa, liberadora de este nuevo mundo gris.
Un primero de mes, se dio cuenta que había perdido su tarjeta para cobrar en los cajeros automáticos. Hizo la correspondiente denuncia y pidió la reposición, retirando su dinero por Caja. Pasados unos días, le llegó la notificiación para ir a retirar la tarjeta pero se olvidó. A principio del siguiente mes, cuando quiso retirar el dinero de su sueldo, se acordó de la tarjeta, la notificación y de su madre. Ya era tarde y habían “procedido con las destrucción del plástico huérfano”, como dicen. Para Enrique, dentro de los bancos no se hablaba español, ni inglés, chino o tampoco ruso, se hablaba otro idioma, el del dinero.
En su almuerzo fue a la nueva sucursal que habían abierto a pocas cuadras de su lugar de trabajo. Era un edificio como el resto, tan heterogéneo por fuera que el paisaje de la ciudad se volvía monótono, y por dentro más bien minimalista. Los espacios y los objetos que lo ocupaban eran amigablemente circulares, escritorio, sillas y sillones de espera estaban redondeados. Solo había dos colores en la paleta del arquitecto que diseñó el edificio, blanco y naranja. Estaba aislado de la calle, y por dentro no se oía a nadie hablar; para Enrique aparte que hablan otro idioma, este no requiere ser expresado verbalmente. Una computadora con opciones resuelve el 95% de los trámites; Enrique siempre se acuerda cuando esta enfrente de una de ellas lo útil que resultaron ser los multiple choice para la vida en sociedad. El 5% restante de las transacciones se resuelven en oficinas aisladas de los espacios comunes de espera. Si bien Enrique presupone que hay empleados, no se los ven, el edificio parece funcionar por sí mismo, como un organismo gigante. Una sola vez vio salir a uno de una oficina, lo escuchó taconear mientras caminaba con paso rígido un trayecto semicircular para finalmente meterse en otra oficina, y ya no volver a aparecer más.
Era otoño y afuera llovía, el paraguas descartable no había resistido el viento. Desde que entró lo embriagó la incomodidad de ser observado por todos. Se acercó a una computadora, imprimió un papel y se sentó en uno de los sillones naranjas a esperar. El personal de seguridad, cambió de forma muy evidente su ronda, ahora uno de los dos, siempre estaba en la línea de visión de Enrique. Con paso inseguro iba y venía, disimulando mirar otro lugar, a otra persona. Enrique intentó concentrarse en otra cosa, recorrió el lugar con la vista y se detuvo en una televisión que mostraba una pareja jóven, el tipo era un hombre común, sin atractivo aparente, y la mujer también era bastante común, le recordaban ambos a él y su flamante nueva esposa. La secuencia de imágenes los mostraba disfrutando de viajes y compras, al menos a ella, mientras él le escondía el rectángulo plastificado naranja, a lo que ella remataba la escena con un, “pero no seas estúpido, si tenemos <deseos>!” -(SACA TU TARJETA DESEOS una voz en off). Las publicidades desde el “Evento” tenían un lenguaje más informal. La siguiente escena los mostraba con hijos pero sin dejar de privarse de viajes y compras, la tercera y última los mostraba de vuelta solos, pero no mucho más viejos -¿Qué habrá pasado con los hijos?- se preguntó Enrique.
Vio como 7 veces la misma secuencia repetirse y notó que el muchacho de seguridad seguía nervioso yendo y viendo. -¿Qué le pasa, qué tengo de raro? ¿Será porque estoy mojado? -pero no era eso, lo que perturbaba a la seguridad del lugar y al resto de las personas en el Banco, era lo que Enrique llevaba en las manos al momento de entrar y ahora había dejado a su lado: un tupper. Estaba en la calle camino al Banco cuando se dio cuenta y no quiso volver a subir a su oficina para dejarlo. El tupper era circular, por lo que resultaba amigable, tenía dos asas también redondeadas, pero era de color púrpura.
Sonó un timbre y apareció su número en la pantalla, -“¿Para qué me llamo Enrique? Ni siquiera Quique…” -decía para sus adentros. Se levantó del sillón olvidándose del tupper. Realizó su cosa y salió tan maravillado con uno de los billetes que le habían dado, que jamás se percató de aquel objeto púrpura contrastando entre un cielo naranja y un mar blanco. El billete había sido tapado, la imagen del prócer era ahora la de un ídolo popular.
Enrique salió hechizado del edificio y detrás de él cerraron las puertas al público, porque había concluido el horario de atención. El seguridad y las personas que estaban adentro del Banco aún sin atender, quedaron sorprendidos ante un hecho tan cotidiano. Conforme empezó a pasar el tiempo, la mirada distraída de las personas al tupper se empezó a volver más obsesiva. Una perturbación impedía la concentración de todos allí adentro. En estos lugares no se puede sacar el celular, de lo contrario hubiese habido una subida masiva de fotos a las redes sociales, contestando a la pregunta “¿Qué estás pensando?”: “Ese objeto no pertenece a este lugar”… “el color es inquietante”… “¿quedará algo de lo que sea que haya comido?”… “¿habrá comida o… será un bomba? Tal vez, gas mortal, o un animal letal creado geneticamente” “¿y si no hay nada; por qué tendría que haber algo?”. Sin embargo, se podía sentir la intranquilidad que generaba en las personas el tupper. Una a una las personas fueron llamadas y salieron del Banco, no sin antes echar un último vistazo al tupper olvidado. Llegó la hora del cambio de turno del personal de seguridad y cuando llegó el relevo, ante la pregunta por el tupper, solo atinaron a decir, “Se lo olvidaron”, como si eso tranquilizara a alguien.

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