Incubus y Sucubus

Tuve una conversación con mi Ego. Me dijo “Imaginate que estás sosteniendo una caja entre tus manos, con un pequeño tú dentro. Objetarás acertadamente “pero eso se puede extender hasta el infinito, tanto arriba como abajo, un eterno y grácil bucle”, entonces te responderé, yo soy el último de esa sucesión, y a la vez causa de todas. En este momento, no necesitás pensar más allá de este punto, entiende que si hablaras hacia el interior de la caja, una voz retumbaría a su vez a tus espaldas».

quien es la persona de arriba

¿Quién es la persona de arriba?

Esa pequeña charla me permitió entender cómo se da el diálogo interno, la introspección. Me hablé a mi mismo como nunca antes, sabiendo perfectamente lo que quería decir y en el modo que deseaba hacerlo. El eco me llegó casi instantáneo, me golpeó en una onda expansiva que despertó a mi ángel y a mi demonio. Los tatuajes ya no pudieron contenerlos, la líneas se deshicieron y la tinta negra comenzó a descender por mi espalda. Se presentaron ante mí, primero el ángel con una prolija pirueta en el aire, y dijo llamarse León; luego el demonio, con firmeza aunque sin prepotencia, Ouergentorix era su nombre.

Cerré los ojos y comencé a elevarme sostenido por las notas de una melodía eterna, en tanto no recordaba cómo ni cuándo comenzó, y tampoco sabía cuándo y cómo terminaría, si es que lo hacía. Parecía que el cielo no tenía techo, y cuanto más subía más fácil se hacía, y mi velocidad se incrementaba en una progresión armónica con la música. No había sentido la suave caricia del ángel cuando me tomo por debajo de los brazos, y al abrir los ojos vi cómo me llevaba en un viaje glorioso por el firmamento.

La coronilla en la cabeza me ardía, de pronto, y el humo me robaba el oxígeno. Nos estábamos quemando, las blancas plumas de las alas del ángel se encendían en un fuego azul. Y ahí fue cuando volví a sentir la gravedad, caía en picada, sin ver, pero sin gritar, creo que cantaba. La Tierra se abrió ante mí como una mujer a un hombre, y me hundí, volví a la oscuridad roja.

Había sido engañado nuevamente. El demonio me arrastraba con sus alas replegadas hacia atrás, asemejando una flecha con sus cuernos como punta. Antes de estrellarnos con la angustia del vacío, escuché decirle a mi oído en un tono sensual, «¿Ahora entendés el por qué existo?» y me soltó.

A centímetros de lo que hubiese sido la no existencia, fui rescatado por el ángel con plumas nuevas crecidas, y me elevó dejándome donde había empezado el viaje, a la sombra de un 8 que no era tal, era un infinito parado, «¿Y entendés por qué yo existo?» me dijo. No recuerdo haber dicho que sí a ninguno, era innecesario.

*93, 93/93*


 

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