Pseudónimo

petersen-hero

Illustration by Ellen Weinstein

El reloj virtual en la esquina de la pantalla titilaba con un grito “¡Dos horas más!”. El silencio de ideas dentro de la cabeza de Dany, que asemejaba al blanco de la hoja del procesador de textos en la computadora, le permitía notar la mezcla homogénea de ruidos de oficina flotando en el aire; tipeos más acá, conversaciones por teléfono en el cubículo de al lado, impresiones urgentes más allá. Entre sus rizos carmesí, se escondía una mirada de profunda concentración, color del café. Le faltaba una nota y podría irse a casa. Hacía días, desde que lo había conocido a él, que no escribía nada que le gustara. Se distrajo pensando qué estaría haciendo, si estaría pensando en ella, si estaba tan loco como aparentaba, y por qué no había salido corriendo cuando se acercó a ella para firmarle un ejemplar en la presentación de su último libro; por qué aceptó una cerveza después, por qué se acostó con él esa misma noche, por qué le escribió un poema, por qué… —¡Dany! —se sobresaltó al escuchar la voz de su jefe —Dany, entró una mujer pidiendo hablar con un periodista, haceme el favor de ver qué quiere.
Dany se levantó y salió de inmediato al encuentro de esta persona, pensando que esta podría ser la nota que le faltaba. Al acercarse, vio una mujer sentada repiqueteando los pies con las manos sobre las rodillas y mirando de un lado a otro con nerviosismo. Vestía un sobretodo beige y llevaba el pelo rubio, con algunas canas, recogido en una cola de caballo. Para Dany debía rondar los cuarenta. —¡Buenas tardes!, mi nombre de Daniela Tagart, soy periodista del diario Sinopsis, ¿en qué puedo ayudarle!— se presentó extendiendo la mano. La mujer la miró sin responder, estudiándola de arriba abajo. Finalmente dijo sin devolver el saludo —Mi nombre no importa, ¿dónde podemos hablar sin que nadie nos escuche?
Dany dirigió la mujer hasta una oficina al fondo de la editorial. Si bien era la primera vez que se encontraba con este tipo de personajes, “los huevos hervidos”, como los llamaban sus compañeros por el subgénero literario de ficción policíaca; donde el detective es rudo, y se enfrenta diariamente con situaciones de violencia, lo que le lleva a tener una actitud de “duro” hacia las emociones; intentó no ilusionarse con lo que la extraña mujer podría narrarle.
—¿Tiene hijos, Daniela? —preguntó ni bien se sentó —No —contestó Dany sirviéndose un café y ofreciéndole uno a la mujer con un gesto de la mano —¿Y animales? —retrucó la extraña negando con la cabeza el café —Tampoco —¿Cree en Dios? ¡¿Vamos, hay algo sobre lo que pueda jurar?! —El juramento hipocrático para periodistas —contestó Dany socarrona y siguió —La verdad es lo que me importa, aunque a veces esta no pague lo suficiente —Bien, es suficiente para mí —dijo la extraña impaciente y continuó —Muestreme por favor su celular, y asegúreme que no está grabando esta conversación—. Ahora Dany era la que se impacientaba, pero se tranquilizó y apagó el celular frente a la mujer —Por favor, dígame a qué vino, si es tan amable —¿Sabe usted…? No, qué va a saber, el trabajo de los medios no es precisamente saber sino informar, por eso estoy aquí para que informen algo que yo sí sé —Bien, ¿y qué sería eso que usted sabe y quiere compartirnos de forma tan amable y voluntaria? —Guárdese el sarcasmo, señorita. Vaya a esta dirección en estos días y horarios de la semana —dijo la mujer y le sacó la lapicera y el vaso de café plástico vacío de las manos de Dany, escribiendo en él una dirección y números. Sin más, se levantó y se fue sin hacer ninguna aclaración más respecto del asunto que la había llevado hasta allí.
Dany se levantó y tiró el vaso en el tacho de basura al salir. De camino a su escritorio por el pasillo, escuchó a través de la pared a su jefe hablando por teléfono encerrado en su oficina —Si ellos no lo publican, nosotros tampoco, no quiero esa responsabilidad— decía en un susurro que quería ser grito. De repente, se abrió la puerta —¡Ah, Dany! Justo con vos quería hablar —dijo su jefe con el teléfono todavía en la mano —La nota del sindicalista narco no va a salir. Eso es política y la política se soluciona con política ¿Qué quería esa mujer? —Nada, una loca —atinó ella simplemente a contestar mientras este volvía a la conversación por teléfono y se encerraba nuevamente.
Dany se estremeció y volvió sobre sus pasos decidida, revisó la basura y rescató el vaso con las indicaciones —¡Tibio! —exclamó al pasar nuevamente por la oficina de su jefe sin importarle si la escuchaba.
Estuvo sentada en su escritorio la hora y media restante girando el vaso sobre su mano, leyendo la dirección, los números, de vuelta la dirección. El vibrar de su celular y una luz blanca insistente la sacó del trance, en la radio sonaba “Mañana en el Abasto”, la cual había estado tarareando sin darse cuenta “/Parada Carlos Gardel/ Es la estación del Abasto/ Subte línea B/”, la letra de la canción coincidía con las indicaciones que repasaba mentalmente para llegar a la dirección escrita en el vaso. Un escalofríos le recorrió la espalda por la curiosa casualidad o porque miró el celular, y vio que era un mensaje de él, invitándola a tomar un café después del trabajo.
Ya fuera de la oficina, se vieron en un barcito escondido sobre un pasaje, al cual para acceder, debían descender una empinada escalera y resolver un acertijo que develaba la palabra secreta para que le abrieran la puerta. Llovía en la ciudad. El lugar, lo único que tenía de especial era la sensación de exclusividad y la atmósfera íntima, y que se podía fumar, porque el café era horrible. Ella lo escuchaba hablar entre sorbo y sorbo, preguntándose qué querría de ella, y qué quería ella de él, por qué dos extraños quieren dejar de serlo, por qué dos conocidos quieren volver a ser extraños, qué había en esa maldita dirección que la atormentaba entre intervalos cada vez más cortos —Hoy vino una mujer y me pasó una dirección —Dany rompió el silencio después del último sorbo de él —Sin decirme nada más —. Él se limitó a asentir, era lo que ella necesitaba. Se despidieron con un beso y un abrazo, insuficientes ambos.
Esa noche, Dany no pudo dormir hasta muy entrada la madrugada, y cuando finalmente lo logró tuvo una pesadilla de la cual solo pudo escapar porque su gata le había saltado encima, y le comía el pelo en claro gesto de protesta para que le diera de comer y le limpiara las piedras. Después de complacer al felino y de lavarse la cara, vio que el día en el calendario colgado detrás de la puerta, estaba resaltado con un círculo rojo y una dirección con un horario, también en rojo, inmediatamente debajo. Se fijó la hora en su celular, era temprano aun, así que aprovechó que ya se encontraba despierta para ir aquel lugar y esperar cualquier cosa. Todavía llovía en la ciudad, aunque leve, por lo que se fue caminando con su paraguas amarillo mientras fumaba un cigarro armado.
Entró a un café-librería en la calle de enfrente, recorrió sin esperanzas las estanterías por orden de autor, hasta encontrar, para su sorpresa, el nombre de él, “León Regner, Cuentario”; tomó el libro y se apostó en una mesa al lado de la ventana, que daba una perfecta visión a la puerta del edificio en la dirección que la mujer había indicado el día anterior, tan enigmáticamente. —Este si que es un café —dijo mientras detenía sus dedos en su cuento favorito, “El disco del firmamento”. Lo releyó por enésima vez, alternando de tanto en tanto su mirada entre el reloj en una pared del café y la puerta misteriosa.
Puntal, a la hora que la mujer había predicho, se abrió. Aunque no tenía picaporte, pudo notar cómo se despegaba del marco dejando una rendija. Esperó. Pasaron dos horas y nadie entró o salió. Nuevamente, puntual a la hora que la mujer había predicho, se cerró, pegándose nuevamente al marco. No entendía. La invadió la paranoia. ¿La mujer le había tendido una trampa? ¿Sabían que ella estaba allí para reportar algo, mismo en el café? Se dio vuelta lentamente y recorrió con la mirada a las personas allí, una por una. Aunque todos tenían un libro, este descansaba en la mesa mientras los clientes se perdían en el brillo de las pantallas de sus teléfonos. Solo una persona le llamó la atención, era el único con un libro entre sus manos, leyéndolo. De pronto, bajó el libro, la miró profundo en sus ojos mientras tomaba la taza de su café; y sin dejar de mirarla, vació la taza y al dejarla nuevamente en la mesa, le sonrió y volvió a su lectura, “El simple arte de matar”.
Dany dejó el dinero sin pedir la cuenta y se fue sin darse cuenta que tenía el libro todavía entre sus manos. Al llegar a la oficina, lo dejó en su cajonera arriba de su copia firmada. Logró calmarse, y decidió que a pesar del terror que había sentido, volvería a intentarlo en el siguiente horario anotado en el vaso por la mujer, que tenía sobre su escritorio bajo la lámpara a simple vista.
Esa misma tarde, salió más temprano del Diario pero más justa con el tiempo del supuesto horario de apertura de la puerta. Esta vez no entró al café, se quedó simplemente en la esquina, con una mano en el bolsillo, aferrada a un pequeño taser que le había dado su hermano para su protección, cuando recién se había mudado a la ciudad. Se hizo la hora, la puerta se abrió y esperó. No entró nadie, no salió nadie. Dos horas pasaron y se volvió a cerrar. Seguía sin comprender. Se dijo que el hombre leyendo en el café durante la mañana, la habría visto y reconocido, o incluso seguido sin que ella se diera cuenta y por eso no había vuelto a pasar nada con la puerta.
Esa noche directamente no durmió. Presa del miedo, estaba atenta a cada sonido. Después de lo que le pareció la noche más larga de su vida, salió el sol y se levantó más segura. La puerta no volvería a abrir hasta dentro de dos días. Tenía tiempo para pensar, o para olvidar. Pero se dio cuenta que lo segundo le sería imposible. Se volvió una obsesión, no pensaba en otra cosa, ni siquiera en él, que tampoco había vuelto aparecer desde la última vez.
Abrió su cajonera para tomar una nueva libreta donde hacer anotaciones, la cerró y la volvió a abrir al darse cuenta que faltaba uno de los libros, el autografiado. Comenzó a revolver nerviosa su cubículo, y se dio cuenta que también faltaba el vaso con la dirección que había escrito la extraña. El insomnio comenzó a jugarle una mala pasada. Se preguntó si los últimos días habían pasado, si realmente lo había conocido, si le había firmado una copia de su libro, si esa mujer extraña había ido a la redacción y le había dejado escrito en un vaso la dirección de un lugar, si había ido al café frente a dicho lugar y si había esperado atenta a una puerta misteriosa que se abría y cerraba, aparentemente sola. De lo único que estaba segura es de que se había traído el libro porque lo tenía en sus manos. Por lo tanto, también estaba segura del hombre que había visto en el café. Pero de él, de él no podía estar segura, aunque lo había sentido dentro suyo, aunque lo había dejado dormir hasta el amanecer entre sus piernas, aun así dudaba.
Llegó el día siguiente, cuando la puerta volvería a abrir, sin poder dormir salvo por intervalos. Tomó el subte y se quedó dormida entre dos estaciones, entre las cuales tuvo un pequeño pero revelador sueño; estaba contenta por haber conseguido una nota interesante sobre la cual escribir, volvía a casa donde la esperaba su novio, y ella al entrar le empieza a confesar que tiene un amante, aunque estaba segura que le estaba relatando el tópico de la nota, la cual supuestamente nada tenía que ver. Entonces tocan la puerta de su departamento, abre y estaba él, que se le quedó mirándola; en medio de la sorpresa y el miedo, giró y miró a su novio que también la miraba por sobre un libro del cual no pudo distinguir el título. Los ojos eran los mismos, azules y profundos como un lago glaciar. Despertó de un sobresalto cuando los ojos de ambos se unieron frente a ella volviéndose gigantes y aplastandola en un pestañeo. Era su parada. Bajó del tren todavía temblando, subió las escaleras y se dirigió a la puerta misteriosa. Esperó directamente frente a ella sin importarle nada más que saber qué había detrás. Se hizo la hora, la puerta se abrió y entró sin vacilar. Caminó por un estrecho y oscuro pasillo. Subió unas escaleras de caracol y entró en una habitación prácticamente vacía, salvo por una biblioteca con decenas de discos de vinilos de todos los géneros, y una pequeño tocadisco en una esquina. Recorrió los estantes como antes había recorrido los del café-librería, sabiendo lo que buscaba y lo que quería encontrar. Sacó un disco que no informaba autor, sólo tenía a cada lado el dibujo de dos leones de perfil, uno rugiendo y el otro mirando contemplativo; el título era “Disco del firmamento”. Lo puso en el tocadiscos y cerró los ojos para escucharlo.
El diario al día siguiente no se hizo eco de la notica, más que por una pequeña columna de pocas líneas, “PERIODISTA LOCAL ENCONTRADA MUERTA. Se cree que fue un suicidio después de que descubriera que su pareja mantenía una doble vida.”

FIN


 

 

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