El guerrero que se convirtió en león

Invoco a la gente del Sol implorando por justicia para contar mi historia, que no me traicionen ni la lengua ni la memoria y que estén libre de culpa los oídos de quienes me oigan. Como toda gran historia que narra las aventuras de un hombre igual de grande a su hazaña, con una virtud única y mayor a la del resto, sucedió hace mucho, aunque en este caso, no tanto. Basta decir que mi abuelo conoció al protagonista de mi relato. Aunque tenga nombre, más son los sobrenombres por los que se lo conoce, y ninguno le hace justicia completamente. Diré que sea cual sea el vocablo que se utilice para referirse a él, siempre suena viril, fuerte, sabio, orgulloso y humilde, estas últimas, complementarias y no contrarias como la mayoría piensa.
Por supuesto, como toda historia, grande o pequeña, empieza por el comienzo, donde y cuando nuestro héroe no era nada de todo eso, aunque mostrara evidencia de una grandeza en potencia. Nació, como todo y todos, claro, pero los registros de su infancia están poblados de fantasía y misticismo. Sólo en una cosa coinciden todas las versiones, no conoció a su progenitor. De todas las historias, una prevalece por sobre el resto debido a su original metáfora, más hermosa que cualquier verdad, la cual afirma que fue criado por un escorpión; y en el desierto aprendió, muy precoz aun, la primera lección de su vida, al ver a su arácnida figura materna aguijonearse a sí misma por la espalda. Yo sostengo que nació con miedo, como todos, y que incluso lo llevó consigo todo el tiempo, pero allí lo venció de forma definitiva. He ahí la valentía, superar el miedo; no tener miedo es otra cosa, es una deficiencia en todo caso.
Joven muy joven, se unió a una loba. Esta no tenía manada pero tampoco quería andar errante sola. Vivieron juntos en el bosque negro 7 años, hasta que nuestro héroe, cierto día se vio en el reflejo del agua de un lago escondido, y al reconocerse, corrió y corrió alejándose lo más que pudiera. Al dejar atrás el techo de copas de árboles, un cielo infinito se le abrió ante él. Obnubilado por las estrellas en la noche, cayó en un pozo profundo. Allí permaneció días, meses dicen algunos, otros, entre los cuales se encuentran sabios y maestros, afirman que años. Sea el tiempo que fuera, se dice que sobrevivió meditando intensamente logrando intercambiar energía con su entorno a través del poder de su mente y la manipulación de leyes físicas; también dicen, y yo creo en esto, que fue encontrado por el escorpión que lo crió, y aunque no pudo sacarlo, lo alimentaba arrojando al pozo animales que cazaba con su mortal aguijón y sus feroces tenazas.
Cierta noche, la vio, a la luna en todo su esplendor, amarilla y gorda cantando su canción de cuna. Nuestro héroe lloró por primera vez, y ahí mismo se prometió salir de aquel abismo y subir la montaña más alta para acariciar a su amada. Esta parte de la historia, es la única con solo dos versiones, totalmente opuestas, a diferencia del resto que por lo general tienen tres como mínimo. Unos, aseguran que pidió un deseo a su ángel de la guarda para que lo sacara de allí; los otros, que vendió su alma a su demonio de la guarda. El final y el camino es el mismo en las dos versiones, pero si prestan atención, desde aquí, algo empieza a manifestarse, un concepto vago, esquivo, que no se termina de formar en la mente de quien escucha la historia, y cuando cree que lo tiene se le escapa entre los dedos; una sensación palpable de contradicción pero que no es dolorosa de aceptar, yendo a ella, incluso, como va un insecto a la luz.
Una vez fuera del pozo, divisó una montaña en el horizonte y fue a ella sin preguntarse si esta podía venir a él. En el camino se encontró con una leona. Era más grande que él, pero juguetona como un cachorro. Sus ojos eran dos lunas. No pudo resistirse a tal encantamiento de la Naturaleza, y se arrojó bajo las garras y las fauces de la gata.
Vivió por y para ella, deseando cada día que pasaba ser un león para poder unirse en la eternidad. La leona, por el contrario, cada día que pasaba, deseaba ser una Mujer. Nuestro héroe, no tardó en darse cuenta de este predicamento y cierta noche, emprendió el camino que había interrumpido tiempo atrás a la montaña, iba a hablar con la luna para reclamarle el deseo que todo hombre tiene por derecho. Las palabras y el idioma que usó para hablar con el astro permanecen un misterio, dicen que el ángel, o el demonio, según la versión, le enseñó. Otra vez la historia se bifurca sin dejar el camino recto, en aparente contradicción.
La mañana siguiente, la vio a la distancia salir debajo de las pieles del felino, como una mujer, blanca como la leche, llena de constelaciones de lunares, unos pechos redondeados con pezones rosados, y los mismos ojos de luna. Ella lo vio y al reconocerlo salió a su encuentro, lo abrazó y besó, al mismo tiempo que le clavaba en el corazón un colmillo que había tomado de su antigua piel. Lo dejó allí, sangrando. La luna, había sido su cruel testigo.
Yo conozco la oración que ofrendó al satélite de la Tierra en la cima de aquella montaña; le fue revelado a mi abuelo en un sueño y él me lo transmitió a mí como su más valioso tesoro, un rompecabezas de la historia más grande jamás contada, «Pido por la felicidad de ella, a ti, mi más grande amor, concédele aquello que me es negado a mi por ser un simple humano, por amarte en el cielo desde la tierra y no poder tocarte», habría dicho el enamorado. A la Luna, no le gustó tener que resignar el amor de nuestro héroe, y sabiendo de la traición, cumplió su deseo como venganza. Sin embargo, al verlo arrodillado y herido, sin poder llorar aunque sus ojos estuvieran a punto de reventar, sintió compasión y le habló:

—¡Pobre tonto! ¿Por qué no pediste por tu felicidad?

Se levantó aun con el colmillo en su pecho y sin mirarla le contestó:

—Eso hubiese sido egoísta…

—¡No eres tonto, sino idiota! ¿Cómo va a ser egoísta desear lo único que te es lícito desear? ¿O acaso crees que puedes desear otra cosa distinta que tu felicidad? Si hubieses deseado ser feliz, ella, tu leoncita, se hubiera convertido en una mujer de todas formas porque tu felicidad era verla a ella feliz, sin embargo, como no fuiste directo, te maldije, y entonces cuando la viste feliz te llenaste de rabia y envidia, no pudiste soportar tu propio sufrimiento y ella te abandonó para ser feliz. El colmillo en el corazón es un pequeño regalo de mi parte, por abandonar nuestro amor sin siquiera optar por tu propia felicidad. Aun así, tus ojos y tu lengua siempre fueron mi perdición, ya sea que me vistiera de llena, cuarto creciente o menguante, ahí estabas quieto, con la nuca replegada, desnudandome con la mirada y recitándome los más hermosos versos. Has perdido la oportunidad de desear la felicidad, pero eso no quiere decir que todavía no puedas pelear por ella. Mucha suerte amado mío.

Todos conocen el hermoso final: “el colmillo se enterró profundo en el corazón, desapareciendo y la sangre brotando por la herida, comenzó a cambiar de color, convirtiéndose poco a poco en un pelaje que cubrió el cuerpo del héroe, armado con garras y unas fauces decoradas por una melena tricolor.

tXw0mcR

*93, 93/93*


 

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