En la ciudad de la furia

El cielo se comportaba como un niño con capricho, a punto de romper en llanto en cualquier momento. El reloj de la Catedral sonó por doceava vez entre lo que salí del banco, y me prendí un pucho en la esquina de la plaza. No creo en los paragüas, me basta con un impermeable largo y unas buenas botas. Tiré el cigarro por la mitad, y paré un taxi; indiqué mi destino al subir sin mirar al chofer, estaba distraído con el rebote de un par de tetas sin sostén y con evidente frío. Serían apenas, una veintena de cuadras, pero estaba cansado por la primer parte de mi jornada laboral; tampoco soporto el comportamiento de las personas en la calle los días de lluvia. Estaba pensando en tomarme un café bien cargado antes de entrar a mi otro trabajo (los miserables y envidiosos de mis vecinos, siempre cotillearon por lo bajo, que mi progreso se debió a que pertenecía a la Fuerza ¡Bah… imbéciles!), cuando el chofer dijo que se detendría un momento a revisar el motor, que era cuestión de segundos. Le contesté asintiendo con la cabeza y volví a mis cavilaciones mundanas, esas tetas eran de las más hermosas que había visto, las coloqué en mi listado, inmediatamente después a las de la Coca. El golpe seco del capot cerrándose, me aterrizó en la realidad; el chofer se sentó y con una sonrisa forzada a través del espejo retrovisor, me dio a entender que continuábamos con el viaje. Pero antes de acelerar, dos policías se personificaron, uno del lado del chofer y otro del acompañante. Manifestaron un procedimiento de rutina, petición de papeles vehiculares y documentación. Creí necesario bajar, pero noté que la puerta estaba trabada. El chofer asintió en todo con un estudiado nerviosismo. Llegó mi turno, entregué el documento que acreditaba mi identidad, y acto seguido, el policía con los papeles tomó el lugar del acompañante y el otro, el lugar junto a mí en la parte de atrás. Esto no es rutinario, pensé. Uno a uno fui atando los cabos, estos pelotudos saben que por la tarde trabajo en la aseguradora, deben pensar que saqué guita del banco y la estoy llevando hacia allí. Mientras deducía todo esto, el taxi cruzaba la 9 de Julio y el policía sentado en el lugar del acompañante hablaba por el radio (o hacía que) con la comisaría, “sujeto con DNI XX.XXX.XXX, nombre Claudio Andrés Mirance, nacionalidad…” -¿No te suena ese nombre? -aproveché para decir. La reacción fue instantánea; hubo incluso una mirada fugaz entre taxista y policía -A ver… ¿por qué debería sonarme? -dijo intentando calmarse -¡¿Me vas a decir que no conocés al subcomisario Mirance? -no mentía, era mi tío y proseguí -Me presento, oficial Mirance. Y usted (dirigiéndome al policía a mi lado, el otro se había quedado en el molde), muéstreme su carné profesional. Agitado buscó en su uniforme y me lo pasó -¡Muy bien, somos todos policías, ahora que nos conocemos, ¿cómo sigue esto?! -dije mostrándome intranquilo pero firme, sabía que al identificarme como oficial podía ser boleta. Un profundo e incómodo silencio se extendió hasta que la bocina del coche atrás del taxi, apuró a nuestro chofer para retomar la marcha ni bien el semáforo se puso en verde. Con el movimiento del auto, no volvió la conversación. Entramos en la zona del Congreso, que casualmente por alguna manifestación, estaba llena de efectivos; se me ocurrió hacer un escándalo, si bien era policía, no me desempeñaba en las calles y tampoco portaba mi arma —Está todo en orden —finalmente dijo el policía con el radio. El taxi frenó junto a la plaza frente al Congreso, y el policía junto a mí se bajó para abrirme la puerta. Bajé y este se sentó en donde yo iba, cerrando la puerta tras subirse. Quedé ahí parado, junto al taxi un breve momento, indignado, con miedo, sin saber bien qué hacer. Se me ocurrió entonces, anotar la patente del taxi, aunque fuera un coche alquilado, se podría rastrear quién lo alquiló y a quién. Pero cuando me dirigí hacia la cajuela, un auto de la policía estacionado a pocos metros, se adelantó pegándose al parachoques del taxi. Anonadado miré por el parabrisas, y el oficial dentro, me hizo una seña inequívoca, de prostitución. Desistí, dí media vuelta y enfilé hacia mi trabajo en esta ciudad consumida por la corrupción.

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