Pacto de sangre

Mi primer experiencia psicodélica fue como la de todo el mundo, durante la infancia. En mi casa pudo haber faltado luz eléctrica o agua corriente, pero jamás libros. En un diccionario leí que Psicodelia es un neologismo formado por dos palabras griegas, y significa «que se manifiesta el alma». Verdes y extensos campos durante calurosos veranos de vacaciones, eran mi lienzo donde dibujugaba usando mi imaginación como un pincel; detrás de cada árbol, hacía aparecer cosas maravillosas y entes fantásticos; viajaba en el tiempo ideando artefactos imposibles, solo con mi mente; narraba historias épicas conmigo a veces de protagonista, otras como un personaje secundario. No conocía el aburrimiento, el no pensar, siempre estaba elucubrando algún universo paralelo. De más grande, fue lógico entonces, que me interesara por las sustancias y sus efectos en la consciencia, y por consiguiente, en la mismísima experiencia de la existencia.

Empecé con el alcohol, pero no me terminó de convencer; eso si, funciona como gran deshinibidor, ayuda con la timidez, y no puedo negar que cosas más emocionantes pasan cuando uno supera el miedo a la vergüenza que provoca la propia inmundicia. Pero eso solo, era el hall de entrada con la puerta abierta a una casa de espejos.
Decidí probar la marihuana, todavía en la secundaria. La primera vez, no puedo decir que sintiera algo distinto de la plana realidad, si bien, un sentimiento de fondo ascendía como un eco, y me rememoraba los verdes prados de mi niñez. Finalmente, hice mi primer viaje propiamente dicho bajo los efectos de la planta, después el segundo y hasta perder la cuenta. Comencé a plantarla, como mi medicina. Curé mi depresión y ansiedad con la ayuda de ella. Siempre, volviendo a ese sentimiento de la infancia de asombro, admiración y curiosidad ante la contemplación del Cosmos.
Avance aún más en mi camino y experimenté con otra planta, la salvia. Gracias a ella, vi el entramado espacio-tiempo y entendí (experimenté) la teoría de la relatividad.
Pasé más tarde, a las sustancias sintéticas. “Colé” LSD y tomé MDMA, o éxtasis como se le dice. Incluso una vez, las mezclé, lo que se conoce como “candyflip”. Lo más significativo de aquellas experiencias, fue manipular, de manera inconsciente, la estructura de los átomos y fusionarme con una pared, reordenando las conexiones entre partículas de materia.
Volví al camino de lo natural, y comí hongos. Lo hice en un espacio a oscuras con Tool sonando de fondo (o en realidad de arriba, de abajo, de costado, la música me envolvía). Tuve claras alucinaciones visuales producto de la sinestesia. En una canción, sentí como ascendía según la secuencia de Fibonacci por un eterno y grácil bucle, similar al ADN.

Hace 3 años, viajé a Perú en busca de la experiencia de la ayahuasca, la raíz del Diablo, apodo por demás sugestivo, ya que fue este quien tentó al hombre con el fruto del Conocimiento. Después de divagar por varios pueblitos perdidos, di con un hombre orgulloso y humilde, aunque de palabra seria, jovial en su andar. Tenía ojos negros y profundos que escondía bajo un sombrero de paja. Vestía como un campesino, de hecho, estaba en el mercado intercambiando lo que parecía su producto por otros. No sé por qué pero me acerqué a él y le hablé. Le pregunté si me podía orientar, a lo que respondió con una mirada serena y segura —Aquí es —dijo sin señalar lugar o dirección en particular, a lo que reaccioné con desconcierto, —¿A qué se refiere con “aquí es”? —repliqué, pero cuando volvió a hablar después de un rato que se me había quedado mirando, me asusté aún más con sus palabras —Estás perdido y lo que buscas está aquí —haciendo un gesto que señalaba a sus espaldas, y acto seguido, tomó el carrito con sus productos, giró sobre sí mismo y emprendió la retirada. Lo seguí y me puse a su lado, antes que pudiera decir palabra, el viejo me pidió sin mirarme que le comprara cigarros. Accedí, no sé por qué a tal petición. Lo dejé un momento para ir a comprar a una casa que vendía artículos varios a través de la ventana. Al volver con los cigarros, el hombre ya no estaba, caminaba ya por la esquina. La ira me brotó en la cara como un rojo escarlata. Lo alcancé nuevamente pero cuando le fui a cantar las cuarenta, me miró de tal manera, invitándome al silencio, que le di los cigarros y me quedé callado mientras caminábamos juntos a la par.
Después de lo que fue casi una hora de caminata por monte y selva, llegamos a una pequeña choza de madera. El viejo dejó su carro fuera y entró a la casa, sin decir nada o siquiera mirarme. Me quedé en el marco de la puerta, con indeciso respeto. Salió, teniéndome que hacer a un lado para dejarlo pasar. Llevaba en su manos una manta. Rodeó la casa mientras lo seguía a cierta distancia. En la parte de atrás, había una choza más pequeña, de una sola habitación. Esta vez, después de abrir la puerta me miró y me hizo una seña para que entrara, extendiéndome la manta. Sin cuestionar, la tomé y entré. Solo una cama y una pequeña mesa era cuanto había. Giré para mirar el viejo y este me dijo, —Hoy dormís, sin comer, mañana empezamos el viaje —y se fue cerrando la puerta tras de sí. Me senté en la cama y me quedé largo rato, todavía con la mochila puesta y la manta entre mis manos, mirando un punto en la pared, nada en particular, sin pensar. De pronto, salí del trance con una frase que resonó en mi interior, «cuando el alumno esté listo, el maestro aparecerá». Había rendido mi voluntad a los designios del chamán.

Esa noche, apenas pude dormir, no tanto por lo extraño que se había vuelto mi aventura sino por los mosquitos, era insoportable el zumbido constante en mis oídos y las picaduras en mis extremidades. Estuve todo el tiempo aplastando contra mi cuerpo los cadáveres de estos impertinentes insectos. Al día siguiente, los mosquitos continuaban haciéndose un festín, mientras yo hacía música de percusión con las palmas de mi mano contra mi cuerpo. En la noche tomé un brebaje asqueroso que el viejo preparó en un caldero fuera de la casa, asegurándose de mantener el fuego siempre encendido. Cada hora volvía a tomar. Entre medio de una de ellas, el chamán me encargó ir a juntar leña y las flores de unas plantas en particular que me describió con sumo detalle. En mi paseo por los terrenos aledaños a la choza, llegué a un río. Inmensa fue mi alegría al ver un grupo de delfines rosas, escurridiza especie, que pocos hombres han podido divisar, y que sin embargo, ahí estaban jugueteando en el agua y cantando con la luna brillando en su piel. Esa increíble experiencia distrajo, aunque sea por un breve instante, mi consciencia de los mosquitos y sus picaduras por todo el cuerpo.

A mi regreso, el chamán me comunicó que haría la última toma, y podría hacerme cargo del caldero y preparar el brebaje con las plantas que me había mandado a buscar. Después de que ambos tomáramos, el viejo se sentó cruzando las piernas y no se movió en toda la noche de su lugar. Me recosté en el piso boca arriba y cerré los ojos. Seguía, a pesar de no ver, matando mosquitos a un lado y a otro de mi ser. De pronto, me sobresalté al aplastar a uno y escuchar un grito de ¡Hey!
Abrí los ojos y me incorporé. En frente mío, un mosquito del tamaño de un hombre promedio, con una corona en la cabeza, flotaba haciendo un zumbido ensordecedor. —¿Por qué matas a mis hijos? dijo sin hablar con una voz profunda que retumbó en mi interior. —Me pican —fue lo único que atiné a decir, presa del miedo, pero más aún de una profunda tristeza, al empatizar con el dolor de un padre. —Mis hijos tienen que comer —explicó el espíritu y continuó —pero soy un rey justo —.

Eso fue lo último que recuerdo. La mañana siguiente, al despertar, noté como dos, solo dos mosquitos se posaron, primero uno y luego el otro sobre mi brazo. Los vi alimentarse y alejarse volando satisfechos.

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