Ficciones

Al poeta de nuestra historia, nunca le había quedado claro la fiesta de disfraz como concepto. Se decía, “las personas se disfrazan de quien quieren ser por una noche para divertirse, pero luego vuelven a sus aburridas vidas, en vez de mantener el personaje. Si todos estamos interpretando papeles dentro de una narrativa, y a través de disfraces nos conectamos y revelamos el uno al otro, por qué no entonces, contar la historia de un personaje épico digno de admiración, aquel que queremos y debemos ser”.

No siempre había sido poeta, durante su infancia fue astronauta. Pero al crecer, se interesó por la mente y descubrió el Universo que esta encierra, entendiendo a la poesía como la mejor forma para surfear las olas de la subjetividad. Tanto sea como astronauta o poeta, llevó sus personajes hasta las últimas consecuencias, siempre tomándose en serio el papel que interpretaba en todo momento y lugar.

Esa noche de cielo sin luna pero plagado de estrellas, que le hicieron percatarse cuán alejado se encontraba de la ciudad, caminaba entre las personas vestido de él mismo. Calzado liviano y en punta, pantalones pegados a las piernas, con una pequeña libreta en el bolsillo trasero, un cinturón con la hebilla grande y una camisa blanca holgada. Llevaba la barba de unas pocas semanas, y el pelo medianamente largo con rulos sin peinar. Lo único que se había permitido, que respondía a una estética personal, era una lapicera con forma de pluma de ganso al estilo siglo XVII.

Perdido entre la muchedumbre disfrazada, andaba errante en busca de su musa inspiradora. Se la imaginaba morocha pero de reflejos colorados, con unos pechos no más grandes que sus manos, una cintura estrecha, y una cola redonda sobre unas piernas infinitas; enormes ojos de miel, imperceptibles pecas sobre la nariz y cachetes, labios finos y una sonrisa perfecta en su imperfectitud. Se apartó un poco, sacó su libreta y empezó a escribir. Sólo imaginarla, había sido suficiente para empezar un poema:

Estas cerca, puedo sentirte
en las ideas que me brotan
y en las palabras que te regalo;
en la Imaginación, mi única Realidad.
Esta noche te hallaré
y juro que te conquistaré,
si no es que termino antes conquistado.
De cualquier modo,
nuestro destino ya fue contado.

Satisfecho con esta afirmación de Voluntad, cerró y guardó la libreta. Al levantar la cabeza, la vio. Bailaba descalza con los ojos cerrados, apenas flexionando los músculos de sus piernas, girando sobre sí misma, cruzando los brazos y de tanto en tanto, jugando con una mano con su pelo o con la cadenita en su cuello, mientras dibujaba figuras en el aire con la otra. Llevaba un vestido blanco con la longitud exacta y con un escote preciso, ambos para dar lugar a la imaginación. Tenía el pelo suelto y un dibujo en la espalda que de lejos no se distinguía.

No supo si acercarse o sacar la libreta y volver a escribir. Optó por lo segundo, sintió que sería un pecado interrumpir una danza tan hermosa como la criatura que la realizaba. Al poner el punto final, ella detuvo su baile, abrió los ojos clavándole la mirada y petrificándolo cual Medusa. Escapó así del primer intento del poeta enamorado. Pero este, vuelto del Empíreo después de tal fulminante mirada, la siguió por entre el gentío. La encontró sentada en el piso, con las piernas estiradas asemejando un camino natural, las manos apoyadas en el pasto y la cabeza hacia atrás mirando el cielo.

—Disculpe señorita, ¿me permite acompañarla en su contemplación?

—Desde luego —contestó ella sonriendo con tranquilidad, derritiendo la Voluntad del poeta, y demostrando cuánto todavía podía hacer para defenderse ante sus encantos. Luego de hacer un ademán de respetuoso saludo, el poeta se sentó frente a ella con las piernas cruzadas y la mirada en el cielo. Señaló a Regulus y antes que pudiera emitir palabra, ella dijo:

—La estrella más brillantes de leo… —con voz desafiante.

—Vos tampoco estás disfrazada —respondiendo al desafío tácito.

—¿Por qué decís eso? — dijo ella esta vez con leve interés.

—Porque yo no estoy disfrazado y vos sos mi musa —seguro de sí mismo.

—Eso te haría un poeta entonces… —jactanciosa.

—Así es, me presento, mi nombre es Sir Noel Nartim —cerrando los ojos y llevándose la mano derecha al corazón.

—Eso quiere decir que tus iniciales serían NN —lanzando una carcajada.

Nomen nescio, del latín ‘sin nombre’, así es —ganando el desafío.

Experimentaron un oxímoron al mirarse durante un instante-eterno en la soledad sonora, creada en complicidad en medio de una fiesta de disfraces, donde eran los únicos sin máscaras, interpretando sus verdaderos yoes.

—¿Qué escribías? —dijo ella rompiendo la tensión que los dominaba.

—Un poema… una historia, en realidad… en verso y con rima. Sobre un poeta que encuentra a su musa enamorándose perdidamente de ella, y escribe su historia de amor que ella misma le relata.

—¿Y cómo termina?

—Eso lo deberías saber vos.

—Yo digo que el poeta se queda solo esta noche.

—¡Qué triste! —sacando la libreta y poniéndose a escribir —pero si mi musa es quien lo dicta…a menos que… —siguiendo con el juego de seducción

—A menos que me recite un poema y demuestre que es quien dice ser: no confío mis inspiraciones a cualquiera, yo quiero un verdadero escritor —el poeta, volvió las páginas de su libreta hasta el poema que había escrito al verla bailar por primera vez y se lo leyó:

Decirte MI amor y
hacerte MÍA, pero sin poseerte.
El exquisito arte de amar…
Desearte sin consumarte.
Espiarte mientras bailas
deshinibida de tus Demonios
sonriendo, tal vez pensando en mí;
pero no importa en realidad
si soy yo el origen de tu sonrisa,
mientras sea el destino de tus lágrimas.
Si la lluvia, tan incomprendida ella, es hermosa
¡Cuánto más habrá de serlo tu llanto!
El cual se presenta sin razón aparente
¡Más, Yo sé! como el rocío matutino
lavas la Tierra entera de sus emociones
¡A qué titánica empresa te has encomendado!
Ser la razón para aceptar el Fin y a la vez,
levantarse al siguiente día
a girar alrededor del Sol.
No serás MÍA cuando te diga MI amor.
Ya no seré, porque coexistiremos.
Seré en vos.

La musa lo había escuchado atentamente con ojos brillosos. Finalmente, ante la mirada expectante del poeta, se acercó a este y en un susurro junto al oído le respondió:

—Escuchá pero no escribas:

“El sueño del poeta”

En el cielo las estrellas competían
por ver cuál titilaba más veces y con más fuerza;
el viento, con su silbido, inició la ceremonia en el valle.
Una flauta echa con el fruto de un árbol muy antiguo
tocada por un elfo, sumaba sus notas misteriosas al viento;
Pequeños trolls de piedra golpeaban enérgicos,
tambores que sonaban como truenos,
las hojas de los árboles simulaban platillos rítmicos
y la cascada en el extremo del valle, rugía como un león.
Alrededor de un fuego que nunca se apagó
desde que se encendió con las primeras estrellas,
danzaban un poeta y su musa,
componiendo una obra de teatro con sus sombras.
Al amanecer, la cascada aún rugía,
el viento ya no soplaba
y la flauta y los tambores hacía tiempo se habían callado,
pero el fuego aún ardía,
mientras poeta y musa,
el mismo sueño compartían.

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