Hacerse la película

Los ojos, como si fueran dos lámparas de mercurio
brillando en un teatro oscuro,
proyectan contra una pantalla,
escenas de una encarnizada batalla
por la supervivencia de recuerdos contra el Olvido.

Alzadas en armas, memorias viejas y nuevas
luchan por existir, a pesar de la otra.
Lo nuevo tiene el vigor y la sensualidad de la juventud,
pero lo viejo tiene la astucia que otorga la experiencia.

Nadie sabe cómo terminará la película, quién ganará.

Al presentarse el recuerdo nuevo en todo su esplendor,
el viejo hace uso de trucos de espejos
reflejando con un brillo prestado,
aquello por lo cual aún es conservado.

Es desleal, pero ya saben, en la guerra y en el amor…

Se confunde emoción con sentimiento,
y nos convencemos que todo pasado
siempre fue mejor.
Lo que sentimos ahora
no es más que una mera copia,
algo inferior.

El pasado de hoy
no va a ser el mismo de mañana,
no solo por las nuevos recuerdos
que logren integrarse a la colección, que llamamos Yo,
sino por los caídos y nunca más recordados.

Seguramente, dentro de siete años,
quien lea esto y quien escribe,
estén separados por sentimientos inconmensurables
a pesar que compartan los mismos miedos racionales,
se sorprendan ante las mismas miradas impredecibles,
desdeñen iguales ideales,
lloren y rían ante la única tragicomedia,
aunque odien lo que amen.

*93, 93/93*


 

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