Cazador

En el trabajo todos lo conocían como el León de Lavalle, ya que su pelo largo y enrulado, tirado hacia atrás y sobresaliendo por sobre las orejas, sumado a su barba larga y tupida, asemejaban una melena dorada; y su trabajo quedaba sobre la calle Lavalle.

Siempre se desvelaba, esta vez se había quedado leyendo ‘Los primeros cuarenta y nueve’ de Hemingway, en particular, el cuento ‘La breve vida feliz de Francis Macomber’. Esa noche, tuvo un mal sueño inspirado en la prosa del escritor estadounidense; donde las sábanas, más allá de sus pies, se transformaban en la planicie africana del relato.

A resguardo de un abrasador sol de mediodía, bajo la sombra de un baobab, sentía como el rugido de lamento de un león herido, que venía de todas las direcciones, lo envolvía y petrificaba del miedo. Quiso salir de la cama y correr pero el ruido sin eco de un disparo, lo despertó. Agitado en la oscuridad, con medio cuerpo fuera de la cama, se quedó agazapado con los ojos abiertos, sintiéndose observado.

Llegó a su trabajo a las nueve y media de la mañana, como todos los días. Si entrara a las ocho, hubiese llegado ocho y media; era puntual (así mismo) aunque llegara tarde. También era su acto de rebeldía, o más bien, una simple consecuencia de quedarse despierto hasta tarde en la noche. Tampoco se ponía a trabajar inmediatamente después de haber llegado, no; sino que abría los diarios en su computadora y los leía, entre sorbo y sorbo de un café negro como el petróleo. Ese día, fue con un titular de la portada de un diario local que se sobresaltó: “Se filtran fotos de empresario garca y la trola de su novia matando leones”. El sueño que había tenido le parecía ahora premonitorio, profético.

La foto del artículo mostraba a un empresario cualquiera, de esos con risa estúpida, y habano en la boca, sosteniendo la cabeza de un león muerto por lo pelos de la melena. En la otra mano, un rifle con mira telescópica y detrás de este, con cara aún más estúpida, la ramera de turno.

Experimentó una sensación de extraordinaria identificación con tan majestuoso animal; como nunca antes, sintió en su pecho un dolor insoportable. En lugar de la cabeza del león, veía la suya en manos de aquel cobarde, con los ojos vacíos de vida, y escuchaba de fondo, la risa maniática de aquella víbora. Finalmente salió del trance, y la risa se transformó en el estridente sonar del teléfono. Con una angustia inexplicable, dejó que se perdiera la llamada, y se quedó pensando en la nota y en lo que había soñado.

Buscó quién era la inmunda persona, porque sería muy famoso como para salir en el diario, pero para él era un total desconocido. “Empresario judío de origen ucraniano descendiente de inmigrantes” se leía en la entrada de un blog, “Procesado por contrabando de arte y antigüedades” decía la web de otro diario local. A ella la conocía, la chica de la raqueta, se había masturbado con una publicación suya en una revista para hombres.

Al principio, fue solo un “¿qué tal si…?” mientras orinaba, un inocente juego mental en el horario de almuerzo, un mero entretenimiento en el subte de regreso a su casa. Pero esa idea creció, como un cachorro que se convierte en un felino peligroso pero aún inmaduro. Y sería durante las meditaciones nocturnas antes de dormir, que la idea desarrollaría su melena, alcanzando la madurez. Algunos días pasaron, cuando tuvo un sueño muy parecido al otro en estilo.

Estaba bajo la sombra del baobab del otro sueño, una fuerte punzada le tiraba en la zona del estómago, que estaba húmeda y tibia. Tenía la vista nublada y los pasos en los pastizales le retumbaban en los oídos como explosiones. Rugió de dolor, quería que lo encontraran, creyó gritar pero rugió, no reconocía su voz, esta se había transformado en los rugidos de lamento del otro sueño. Un hedor penetrante, inconfundible, le molestaba como una mosca, era el olor a miedo que expelen los animales más cobardes de la naturaleza, que aun con semejante osamenta sobre la cabeza, corren como ratas en lugar enfrentar la muerte como animales nobles. Los pasos se detuvieron, cerró los ojos y saltó guiado por su olfato. Se oyó un disparo

Se leería en el titular del día siguiente, una idea simple e ingeniosa: “Cazador cazado”.

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