Los libros de la biblioteca

Todavía persiste la biblioteca en la vieja casa de mi infancia, donde se suceden extraños y dolorosos fenómenos; la cual visito, unas veces para leer un montón de cosas, otras, solo para quedarme sentado en silencio frente a la misma página. Era muy chico, solo un niño, cuando recorriendo las estantería, encontré un libro nuevo.

Recuerdo haber buscado a mi mamá al día siguiente para mostrárselo. Le dije:

—En la biblioteca hay un libro nuevo. Es angosto, de pocas páginas aunque sí muy profundo. Parece un agujero negro.

—No es que parezca —contestó mi madre— es un agujero negro. Ayer murió tu papá.

Efectivamente, mi padre había muerto de meningitis el día anterior.

—¿Eso quiere decir —le dije a mi madre —que mi papá está aquí, en este libro?

—No —respondió —tu papá fue enterrado en el cementerio con su papá, tu abuelo, en donde estuvimos ayer. Pero en la biblioteca se ha aparecido un libro porque todo lo que sucede en la vida, tendrá aquí un efecto.

—¿Se puede continuar el libro? Tiene páginas en blanco.

—Yo no puedo —contestó —nadie conseguiría llenar ese espacio, más que tú, sólo tú puedes hacer algo con él. Puedes intentar llenarlo u ocultarlo y olvidarte de él, sacarle fotocopias o quemarlo para no volver a tener que ni verlo, y seguir leyendo los otros libros.

Durante mucho tiempo no hice nada y el libro se quedó allí, y yo continué leyendo otras cosas, desviando de vez en cuando mi mirada hacia donde se encontraba este. Por supuesto, cada vez que miraba el lomo del libro entre el resto, pensaba en mi papá. Y cada vez que estaba pensando en él, miraba el libro.

Ciertas veces, en la oscuridad de la noche, parado en silencio con una vela frente a la biblioteca, preguntaba en voz alta: ¿Realmente estás ahí?

Pero nadie contestaba.

Mi padre, efectivamente, no estaba ahí, sino lejos, en una pared del cementerio, en una urna de madera, y con los años nadie se acordaba ya de él, nadie le llevaba flores; a excepción de mi madre, que lo visitaba de cuando en cuando y le dejaba una rosa blanca de origami, hecha con la hoja de un libro arrancada.

Pasaron muchos años y una noche, durante mis lecturas, en el rincón opuesto de la biblioteca, encontré otro libro nuevo.

Sabía ya muy bien el significado que tenía aquel libro, pero como ese día no había tenido malas noticias, me dominó la ansiedad. Finalmente, me llamó mi prometida. “¿Ha pasado algo?” “Sí —dijo —tu gato Aristóteles se ha ido”.

Se sucedieron algunos años tranquilos, hasta que en determinado momento los libros empezaron a multiplicarse en los estantes y poco a poco, la biblioteca, se llenó de libros, cada uno correspondiendo a un nombre, a una evento, y cada nombre y cada evento correspondía a un vacío de palabras dentro de mí. Los había pequeños, aunque también habían aparecido otros gigantescos de miles de páginas, que no se podían leer en una sola noche. Surgieron dos libros de esta importancia a poca distancia uno del otro. Aquellas letras encerraban partes muy queridas de mi vida arrebatadas de mis labios cruelmente.

Cada vez que los veía, tocaba su lomo, o los tomaba para ojearlos, dolorosos pensamientos surcaban mi interior y yo me quedaba allí como un animal indefenso. Esta primavera, apareció uno tan grande que no vi el sol en días, hasta no terminarlo; no tuve forma de evitarlo, no pude hacer otra cosa más que leerlo.

Aquella novedad de la estantería no me sorprendía. La relación con mi prometida se había terminado; con ella había compartido tantas verdades, juntos habíamos descubierto el mundo y sus bellezas, habíamos explorado la música, y era lógico que para contener todo aquello perdido, hiciera falta un libro de tal magnitud e importancia literaria.

Preso de la manía, me repetí hasta la saciedad semántica “Podemos olvidar y volver a escribir, pero acaso, ¿podemos hacer otra cosa?”. Me quedé como un niño asustado. Por sobre el soplo que se alzó en medio de la noche, una voz de otro mundo, que me recordaba al ave del poema de Poe, me habló.

Le pregunté si en alguna biblioteca surgirá algún día un libro relacionado conmigo, quizá uno no muy largo, apenas unos versos, que una persona en el mundo, al menos una, lea.

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