Un testigo peculiar

Alejandro tenía a Bucéfalo,
Atila a Othar,
Don Quijote a Rocinante y Salustiano, mi abuelo,
a Toby, un pony.
Al César lo que es del César
y a cada hombre el caballo que le es de su talla.

En la sala de interrogatorio:

—Verá uste’ oficial, el viejo era mi amigo, hace años que nos conocíamos. Era un hombre de campo, con verijero en la cintura, de alpargatas y boina, fino catador de la mamajuana. Tomaba el mate por las mañanas con un poco de whisky o ginebra, para “entrar en calor”, según decía. Buen cocinero y gran lector, recitaba el Martín Fierro de memoria, le gustaba hacer huerta y le molestaba la ignorancia. Enseñó a leer y escribir, y dio la catequesis a changas y changos (como le decía a los niños). Era un hombre que se preocupaba por su entorno. Donó incluso tierras de su campo para que se fundara una escuela.
Cuando se fue para Santiago del Estero, yo lo acompañé. Se había separado de esa mujer, de la cual hasta su propio hijo sabía y se lo decía, pero él se limitaba a contestar “yo nunca vi nada, para mi es una buena mujer”. De allá nos volvimos porque el agua era muy salada, el ganado se le moría, le fue mal y aparte se sentía muy solo. Nos recibió su hijo con su mujer. Pero después de un tiempo de cuidar gallinas, nos fuimos a vivir a nuestro propio rancho.
¡Las que le aguanté! Más de una vez lo dejé a pata. Me hacía llevarlo con el carro a cuestas hasta el bolichín de campo, y ahí se quedaba hasta salir mamao’.

—Al grano, por favor.

—Sí oficial, disculpe’ a este bichoco. Lo había esperado por horas, un sentimiento innombrable me hizo quedarme a pesar de la lluvia. Una vez que salió, se subió al carrito y se quedó dormido mientras lo llevaba. El agua que caía de manera torrencial no  me permitía ver bien, el camino era un barrial. La rama golpeó su cabeza y lo tiró, cayendo muerto. Cuando me di cuenta, me frené y ahí me quedé a su lado. No sé cuánto tiempo pasó hasta que apareció su hijo en un auto para llevárselo. Luego llegaron ustedes.

—Está bien, puede irse, con eso será suficiente. Gracias.

En la sala de espera de la comisaría:

—Muy bien hombre, puede irse. Se determinó su inocencia.

—¿Dónde está Toby? ¡No me voy sin el caballo de mi papá!

—Tranquilo hombre, se lo puede llevar, nos dijo todo lo que necesitábamos saber.

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