Romance en otros tiempos

Al principio, las lechuzas iban y venían

varias veces al día,

dos bajo la luz del Sol, y dos durante la custodia de la Luna.

Al amanecer,

llegaba la primera visita del ave;

por lo general era ella,

las mujeres son más hermosas cuando inician e invitan.

Entonces, le contestaba pronto,

no la iba a dejar esperando.

La segunda visita de Aurora, así se llamaba su lechuza,

llegaba pasado el mediodía,

cuando el Sol ya no era tan fuerte.

Siempre la esperaba con agua y comida,

los arándanos eran su golosina favorita

que en las mañanas, antes que llegara,

iba a recolectarlas bajo un árbol que caían.

Mi lechuza se llamaba Mercurio.

Nunca volaron juntos Aurora y Mercurio.

Porque cuando ella llegaba,

se quedaba descansando conmigo,

mientras él salía orgulloso a cumplir su misión.

Sé que lo trataban bien porque volvía alegre,

no solo por haber completado el viaje

sino por algo más,

había afecto en sus inmensos ojos.

Descansada, Aurora se despedía de ambos con una mirada profunda,

y alzaba vuelo con mi respuesta.

Como dije, esto se repetía varias veces en el día.

Una vez, se había desatado una tormenta,

quedándose varada Aurora conmigo y Mercurio con Ella.

Varias veces, esa noche temí que el terco de Mercurio hubiese querido volar a pesar de la lluvia. Pero no lo hizo, Ella lo debe haber convencido con el mismo encanto que transmite en sus letras.

El vigor de la juventud de nuestras aves hizo que durante días fueran y vinieran.

Por eso me sorprendió cuando la primer carta de Ella no llegó.

No dudé de la salud de Aurora. Y de hecho cuando finalmente apareció en respuesta a mi carta,

la noté tan vital como siempre.

Lo mismo Mercurio, no mostraba síntomas de cansancio alguno.

Las visitas de Aurora pasaron a ser más esporádicas,

de dos en el día y en la noche,

a una y una,

a simplemente una por día.

Esperaba a Mercurio que volviera,

y se volvía para ya no regresar hasta el otro día.

Un día, me sorprendí al ver a Mercurio regresar en lugar de ella.

Lo envíe una y otra vez,

siempre él volvía.

En mis cartas le preguntaba por ella,

contestandome evasiva.

Dejé de enviar a Mercurio,

y no volví a ver más a Aurora.

Aunque una vez, creí reconocerla sobrevolando mi casa y mis recuerdos.

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