El mundo podía esperar

Nunca fueron mi fuerte las mañanas.
Hasta último momento esperaba
para salir de la cama;
y cuando a tu lado me despertaba,
tanto más difícil me resultaba todo el asunto.
Pues contigo en mi mente me dormía
pensado,
qué harímos al día siguiente,
qué aventura nos depararía la vida juntos,
y sucedía que terminaba soñando
la noche entera con tu rostro sonriente.
Entonces despertaba calentito
entre pliegues de sábanas y piernas entrelazadas;
tu cabeza en mi pecho,
mientras mis brazos te rodeaban
cuidando tus sueños.
Sin poder contenerme,
se me inflamaba el pecho de solo verte
en paz descansando
y el corazón me latía más fuerte;
el tamborileo de este
te despertaba apenas,
así que aprovechaba a darte un beso
que te dibujaba una sonrisa
como en la de mis sueños:
¡Cuánto la amo! Pensaba,
mientras afuera llovía
y ella se giraba para acomodarse
en mi posición favorita,
su cola en mi ingle,
un brazo mio bajo su cuello con la mano apoyada en su pecho,
y la otra en su ombligo;
aquellos días el mundo podía esperar.

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