En el centro de la mente, se encuentra el fin del cosmos

Era una noche de invierno sin luna
cuando se tropezó con una rosa
hecha de galaxias, con perfume a Ella
y una sola espina irresistible.

Recordó la idea de Macedonio en Tantalia:
“Cuidar una plantita endeble, lo más necesitado de cariño,
podría ser el comienzo para la reeducación
de la propia sentimentalidad”.

Depositó en sus cuencas manos
los tiernos y fríos pétalos,
y cerrando sus ojos logró,
contener en una hora la eternidad.

Se encadenó a una canción compuesta
por un arrítmico bombo en su pecho,
el armonioso pulso de un bajo en sus venas
y por el vibrar de sus nervios en un espinoso rasgueo.

Sangró, pero no dejó de sostener la rosa en sus manos,
chorreantes ahora, de estrellas y nebulosas rojas.
El Big Bang en su interior se había desatado,
junto a una nueva causalidad para la Vida.

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