Amor y dolor: alimentos de la existencia

Cuando la conocí, me encontraba acostado, amarrado por las extremidades. Todo el tiempo que pasó se sintió como una única noche de insomnio. El puñal penetró entre la V y VI costilla del costado izquierdo de mi cuerpo.
La relación, cual daga, se abrió paso cortando transversalmente el pecho llegando desde un lado hasta chocar con el esternón en el centro del tórax.

Retiró el puñal en un acto de misericordia, para ya no lastimarme más; fue nuestra primera separación. La obstinación nos reuniría nuevamente. Su mano entrando en la herida aún abierta.

Los dedos rodeando mi órgano vital, apretándolo con cuidado de no clavar sus uñas, era una sensación de calidez embriagante. Se iría, esta vez para siempre.

Latiendo fuera de su templo, fui ofrecido al dios vivo.

sacrifcios_humanos-aztecas

 

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