Fuegos artificiales

Durante la infancia, las navidades y comienzos de años, fueron para mí sinónimo de destellos en el cielo y estruendosas explosiones; bueno, también de familia, comida y regalos, pero está claro qué era lo que me importaba de estas fechas. Recuerdo la tele o la radio prendida, puesta en algún canal musical, esperando la cuenta regresiva para brindar y salir afuera a ver el cielo estallar. Me causaban gracia los adultos, “este año tiraron mucho menos que el anterior” decía el tío, “y si es quemar plata en el aire” contestaba otro pariente, “está todo caro” acotaba la abuela. Todo a los gritos, porque claro, la noche es un bochinche de silbidos hacia el aire seguidos de explosiones; igualmente en mi familia se habla a los gritos, cuando era chico me preguntaba si eso se debía a que descendíamos de una casta de hombres y mujeres bárbaros (en el sentido peyorativo de la palabra), ahora de grande confirmo aquella teoría. Yo me alejaba un poco, si estábamos en lo de la tía, me subía al muro con rejas, así podía ver más de lejos. Daba vueltas la cabeza, era un trabajo en conjunto entre el oído y los ojos, el primero guiaba al segundo que se maravillaba explosión tras explosión. A veces, volteaba para ver una sola explosión estruendosa, otras, me sorprendía una lluvia de colores acompañado por un ruido de salpicado de aceite en la sartén. Realmente lo lamento por los animales, por eso ya no tiro, pero admito que si veo un show de fuegos artificiales en el aire, me quedo encandilado.
Una vez, estábamos en la casa de un amigo de un pariente. Había ido prácticamente toda nuestra familia, así que era “la horda” y este amigo con su familia, compuesta por la mujer y cuatro hijos, dos varones y dos mujeres. Como siempre, la charla precomida, la comida, la charla poscomida, o sobremesa, como le dicen, el juego de cartas con el postre, y los preparativos para el brindis, la tele prendida, el conteo y salir corriendo afuera a ver el cielo. Los dos varones de esta familia, más grandes que yo, tenían una caja llena de fuegos artificiales. Cuando me enteré, no sabía cómo hacer para parecer unos años más grande, con dos bastaba, y tal vez me invitaran con ellos a tirar algún que otro explosivo. Pero no, me tuve que resignar con una virulana atada a un piolín. Algún pariente la prendió fuego con su cigarrillo y me dijo “hacela girar, y si golpeás al suelo sacás más chispas” esto último adornado por un guiño de ojo. Decepcionado, le hice caso, para mi sorpresa esta química hogareña resultó ser una experiencia fantástica. Empecé haciendo pequeños círculos en al aire, y las chispas doradas flotaban como luciérnagas endemoniadas. Entonces agrandé el círculo hasta que en la parte baja de este, la virulana chocaba contra el suelo, y las chispas saltaron como meteoritos despedidos después de la colisión de dos planetas. Estaba totalmente enajenado, mi brazo y mi muñeca giraban cada vez con más fuerza y más rápido, manteniendo el dibujo del círculo en el aire. Y con la vista perdida, miraba a través de él y veía a mi familia, pero algo no estaba bien, no sabía qué, algo me resultaba raro; miraba por fuera del círculo y volvía a mirar a través, buscaba las diferencias como en los juegos que traían las revistas. En aquel otro mundo, el pasto de la casa era más verde y la luz más brillante. La virulana empezó a consumirse, y las chispas cada vez eran menos, mientras el mundo que se me había abierto se diluía en los últimos giros.

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