El Diablo metió la cola

“El ocio es amigo del Diablo”, decía mi abuela. Era sábado en la noche y yo lucía una flamante soltería, recién dejado por una mujer; así que no tenía nada mejor que hacer que fumar cigarrillos, tomar una cerveza y leer acerca de otra mujer, esa inundada de azul dorado, la Filosofía; mientras escuchaba música. Lo que hace uno en una noche de desamor. No me quedaban muchos cigarrillos, así que salí a comprar al kiosco del barrio. Había vuelto hacía relativamente poco a la casa de mi infancia. Es increíble cuánto puede cambiar un lugar en apenas unos años, el barrio estaba lleno de nuevos edificios y locales, algunos con comercios impensados, ya funcionado.
Yendo por la vereda, escucho un parlante y gritos viniendo justo del lado de enfrente. Crucé; la curiosidad mató al gato… pero el placer lo trajo de vuelta (esa parte nunca la dicen). Resultó ser que uno de esos locales era una Iglesia y estaba justo oficiando una misa, o una especie de standup. El pastor era un hombre obeso (se había saltado la parte en que Jesús parte el pan y lo da a sus discípulos), pelado con acento carioca, hablando en portuñol a unas personas sentadas. La puerta estaba abierta, y como era un local pensado originalmente para ser destinado a un comercio, era todo vidriado, por lo que se podía ver perfectamente hacia dentro, y a pesar de las improvisadas cortinas. Me prendí el último cigarrillo y disfruté del show. El hombre gritaba, pero de alguna manera, lograba por momentos aumentar aún más la voz, pedía amenes y aleluyas como una porrista, y su público obediente le daba AMEN y ALELUYA. En esos momento el pastor aprovechaba para secarse la transpiración con un pañuelo. Fue en uno de estos breves descansos que me notó. Algunas personas ya me habían estado viendo de reojo. Sonreí, pero no fue una sonrisa inocente, fue, como me decía una ex profesora de literatura de la secundaria, picaresca. Había una clara intencionalidad de mi parte por incomodarlo, por diversión, simplemente porque estaba aburrido, o tal vez porque me molestó ver una obra de teatro intentando hacerse pasar por otra cosa. El hombre siguió hablando, increíblemente más fuerte y más rápido, evidentemente nervioso. Más personas empezaron a notarme. Alternaban su atención entre el discurso y mi sonrisa. Desesperado, el hombre cerró los ojos y oró para pedir fuerzas a Dios y a sus fieles. Al abrirlos, me clavó la mirada. Fue entonces cuando percibí algo demoniaco. Comenzó a relatar la parábola de Lázaro —Oh, —pensaba yo mientras tiraba la colilla del cigarro consumido, exhalando un humo de un curioso rojo en su ascenso hacia las luces de la calle —me encanta ese cuento, siempre me pregunté qué habrá visto Lázaro en el más allá; un amigo tiene un idea interesante que debería escribir —CERRÓ LAS PUERTAS A SUS ENEMIGOS —dijo de pronto, saturando los parlantes —CIELO Y TIERRA PASARÁN MÁS TU PALABRA NO PASARÁ —a la vez que cerraba la puerta vidriada —En qué lugar dice eso de los enemigos, la puerta y… hijo de puta, me está echando. Sonreí nuevamente, y esta vez sentí el miedo en sus ojos.
El trance se rompió por el ladrido repentino de un perro callejero, ensañado conmigo; me giré y le ordené que se fuera; creo que lastimé sus oídos con mi voz, porque se fue llorando. Me volví hacia mi nuevo amigo, y le devolví la mirada profunda que me había echado, creí que le hablaba pero mis labios no se movían —Escuchame, me voy a llevar a alguien de acá y no hay nada que puedas hacer para evitarlo. Comencé a caminar, yendo y viniendo de un extremo al otro del local, el silencio del predicador que se había prolongado más de lo acostumbrado, hizo que las personas se me quedaran viendo, siguiéndome en mi paseo con la mirada. El predicador intentó retomar La Palabra, pero era inútil, su voz ya no daba para más después de tanto griterío, no surtía el mismo efecto. Y yo, ya había capturado la atención de mi presa.

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