Acariciando las cuerdas

Había perdido la cuenta ya desde la última vez que una mujer me tocara,
o que yo acariciara a una;
de cualquier forma, estaba necesitado de cariño.
Fue cuando entré al cuarto que la vi,
aunque no fuera posible,
allí estaba Ella, como salida de un capítulo de la dimensión desconocida;
había estado todo el tiempo a los pies de mi cama,
escuchándome,
mientras yo lloraba su recuerdo,
tan quieta que juntaba polvo.
La tomé por el cuello y le dije,
no te he tratado con el respeto que merecés, perdoname”.
Y con un pañuelo la comencé a acariciar;
primero recorrí su lado izquierdo,
subiendo y bajando por sus curvas,
luego hice lo mismo con su lado derecho, cambiando de mano
pero con la otra siempre firme tomándola por el cuello,
todavía ambos en silencio.
La di vuelta y pasé mi pañuelo por su parte trasera.
Finalmente la senté sobre mi muslo derecho
y recordé aquel día en que nos presentara un amigo:
fue amor a primera vista cuando vi ese rojo pasión de su cabeza y cuerpo.
Recorrí sus seis nervios,
y los relajé o tensé con pequeños pellizcos,
acomodé mis dedos y comencé a sacarle notas extáticas.

 

 

 

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