Agorafobia

[…] there is an action which is totally complete, without any regret, without looking back, without looking forward, without any strain, totally, completely harmonious. There is, which is the art of observation, the art of seeing and that is possible only when there is no prejudice, when there is no direction, when there is no motive, only perceiving. (Sound of train) Let the train go by, we will go on.” —J. Krishnamurti, Fifth Public Talk in Saanen, July 1980.

 

Se había quedado otra vez dormido con la laptop encendida, sintonizando la radio que pasa solo clásicos. Despertó al profundo y rasposo buenos días del locutor, que daba comienzo a su programa y a la mañana. En cinco minutos estuvo listo, tomó su bolso y agarró las llaves en el primer intento de encontrarlas bajo una pila de papeles y libros. Abrió la puerta y se frenó en seco. Algo no estaba bien. Se palpó los bolsillos: tenía el celular, la billetera y las llaves en la mano. Cargaba el bolso con todo lo necesario, como todos los días, llevaba un abrigo inclusive. Pero no era nada de eso. Se giró, cerró la puerta dejando caer el bolso en el pequeño sillón. Fue al cuarto, sin levantar la cabeza y se quedó ahí un rato, como personaje de videojuego esperando las órdenes de un jugador. Volvió en sí otra vez, cuando la voz del locutor irrumpió en la canción que estaba sonando. Era eso, había dejado la laptop encendida. Bajó la tapa, volvió a la puerta y agarró su bolso. Al intentar cruzar el pequeño escalón hecho para que no entrara el agua en los días de lluvia, se quedó inmóvil, otra vez lleno por esa sensación de falta. La llave del gas estaba baja; en el baño las canillas estaban bien cerradas, sin gotear; la gata tenía comida y la caja limpia; no había mucho más por lo cual preocuparse en su mundillo. Y aun así, no podía irse con esa sensación, sabía que lo haría volver, o peor, que estaría todo el día obsesionado con esa incógnita. Cerró la puerta que había quedado abierta en su último intento de escapar de la casa. Entonces se acordó del espejo. Se le había pasado por alto mirarse en él; y ahí estaba, reflejado en el espejo que ocupaba un cuarto de la pared inmediatamente antes de la puerta de entrada, con sus ojos, su barba, sus rulos despeinados, su postura, sus gestos y su sonrisa con cada uno de sus particulares dientes. Sin embargo, algo simplemente no estaba bien. Habló. Era su voz la que escuchaba. No podía descifrar qué faltaba y se hacía tarde. Miró el reloj, treinta y cinco minutos pasados de las siete, era un hecho, había perdido el último tren que podía perder.

 

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