Volver a enamorarse

Caminaba por la zona cercana a plaza San Martín, el taconeo de las personas por Suipacha y el rumor de los autos, entremezclado con los pájaros que cantaban en las copas de los árboles, hacía junto con la humedad ambiente, que el aire fuera mágico; se respiraban ganas de enamorarse.
De pronto la vi, era pálida, con frágiles curvas. Vestía una blusa que le asentaba bien en el escote sin corpiño. Sus ojos de miel verdosa, brillantes como galaxias, me devolvieron la mirada. Mordía sus labios con una mezcla de ternura y sensualidad, contenido todo en una sonrisa ansiosa. Me desaté la colita del pelo para liberar un poco la tensión, y ella me copió el gesto. Nos observamos. Miré entonces un poco más allá, y descubrí los anaqueles con libros y sus precios detrás de mi reflejo en la vidriera.

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