Alta

Semana a semana,
durante nueve meses (y contando),
por el transcurso de una hora,
a veces menos, a veces más,
nos sentamos uno frente al otro.
Siempre en el mismo lugar,
detrás de una mesa
decorada con un estúpido velador que me obsesiona.
Me escuchás delirar
y aunque de vez en cuando también decís palabra,
no recuerdo nada,
no porque no te escuche o no me importe,
sino porque fue así como lo convenimos.
Y a vos eso no te molesta;
escribís vaya a saber qué en tu cuaderno
tomando notas de mis idas y venidas,
porque mis historias son difíciles de seguir.
Reconozco tener cierta creatividad para relatar,
uno cosas en apariencia imposibles
jugando con las palabras,
pese a que vos no caes en eso (o intentas).
Me viste llorar
y nunca me diste una palabra de consuelo o un abrazo;
pero te lo agradezco, era lo que necesitaba.
Ahora que lo pienso mejor, recuerdo dos intervenciones:
cuando quisiste disuadirme de correr peligros, entonces todas las semanas te sorprendía con alguna nueva aventura riesgosa;
y cuando te dije que ya no te necesitaba,
a lo que me contestaste, ¿qué hacés acá entonces? Y rompí en risa.
Finalmente habías comprendido mi humor,
usándolo en mi contra.

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