AM

¡Es demasiado! —exclamó.
No podré soportarlo,
el mundo es demasiado grande.”
—La pastora y el deshollinador

Como dos personajes de un cuento de Andersen, nos encontramos en una historia. Fue un invierno en un pasaje del Abasto. Te esperaba apoyado en una estatua de un tanguero leyendo Dragones del Edén, el cual había conseguido recientemente en la Feria del libro; quería leerte una parte y te lo terminé prestando (tiempo después me lo devolverías con un dibujo tuyo). Hacía frío, lo recuerdo porque llevabas guantes. Cruzamos y fuimos a calentarnos al café de enfrente, de esos que escriben el nombre de uno en el vaso. Por increíble que pareciera, todavía no sabía el tuyo, solo tu apodo, y este podía referir a dos posibles nombres. Así que cuando fue tu turno de pedir, (pediste un té) me enteré.
Se hizo la hora, y de allí nos fuimos directamente a la función de parlantes holofónicos en completa oscuridad. Pasaban un disco de los Artic monkeys. Las luces cayeron y junto a los pocos concurrentes fuimos sumidos en una indescifrable negrura, semejante a la oscuridad que se emana desde el rincón más alejado del cosmos. A pesar de tenerte sentada al lado mío, no podría haber asegurado que siguieras allí una vez idas las luces, salvo por (¿intencionales?) roces de los brazos y piernas buscando, evitando la soledad; la noche habíase cernido en el interior de la sala. Abrir o cerrar los ojos era indiferente, pero tenerlos abiertos, ciertamente era angustiante. Abruptamente el sonido cesó. La desolación aparente íbase volviendo intolerable. Mientras la jocosa voz del presentador resonaba a lo lejos —No le teman a la oscuridad, que Drácula ya comió, muajaja —el mundo todavía pareció estar vivo. De repente se produjo un cambio, el paso de algo, las ondas de acordes de guitarras distorsionadas y el golpe de bajos surcando como hondas el aire invernal hasta nuestros sentidos. Sentí vibrar el piso, el sabor de la música era amargo o dulce según el ritmo del tema que estuviese sonando, y de pronto la oscuridad se llenó de imágenes bailando al ritmo del sonido que salía de aquellos parlantes diabólicos. Nos advirtieron acerca de la sinestesia, a la que por suerte estaba acostumbrado.
Primera cita, y ahí estábamos, los dos en completa oscuridad uno al lado del otro, tan cerca y tan lejos, lo suficientemente arrimados, diría. También recuerdo que hacía frío porque no nos sacamos las camperas y pensaba que me hubiese gustado no tener tanta ropa encima para sentirte más.
Al salir, terminado el disco, afuera era ya de noche y estaba tan oscuro como adentro de la sala. Lo primero que hice fue señalarte el cielo diciendo —Fijate, cerca de la Luna eso que parece una estrella brillar, es en realidad Júpiter —era un fenómeno astronómico que oportunamente había leído que ocurriría durante un tiempo.
Nos quedamos en silencio, pero no de esos incómodos, apreciando la noche despejada.
¿Son necesarias? —finalmente me preguntaste.
¿Las estrellas? Bueno, el Sol es una estrella y su energía permite la Vida.
Pero mi respuesta no te satisfizo, ni tampoco a mí. En definitiva, si el cosmos fue creado por un Demiurgo, ¿no podría haberlo diseñado de manera distinta? ¿Acaso si no ponía estrellas en el cielo, el resto del universo no hubiese funcionado y se hubiese desmoronado como una estructura con malos cimientos? Este año que pasó, la luna se movió 3,8 cm lejos de la Tierra; el Sol perdió 174 trillones de toneladas de masa, incrementando la órbita de la Tierra en 1,5 cm; 150 mil millones de estrellas se formaron en el Universo; la galaxia Andrómeda se acercó 3,5 mil millones de kilómetros a nosotros; el Universo se expandió por más de 60 trillones de km ¿Y si ponía ojos en vez de estrellas, ojos como los suyos?
Seguíamos en silencio.
Hasta que dijiste, como contestando a todo aquello que había pensado:
¿Y es necesario hacernos sentir tan insignificantes frente a la vastedad?
Tal vez el vacío sea un requisito necesario del Amor para que pueda surgir.
Esa noche no nos besamos, faltarían dos encuentros más, pero algo había cambiado, en nosotros y en la conformación de la existencia misma.

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