“poesía.”

 

Era un hecho, su primer libro iba ser publicado. Decidió celebrarlo con alcohol y charlas profundas de una noche con extraños. Una mirada desde el otro lado del vidrio lo hizo detenerse en un bar escondido entre dos edificios. No tenían IPA y había llegado 9 minutos antes de que empezara el happy hour, pero por esto mismo, entabló un lazo con el que atendía: le sirvió igual y le cobró después. La televisión en un rincón, mostraba en silencio los nuevos botines de un jugador de fútbol, mientras que por los parlantes distribuidos estratégicamente por el local, sonaba Pink Floyd. Se sentó en la barra con su segunda opción y pidió maníes aunque no tocaría ninguno. Miró alrededor más de una vez buscando la mirada que lo cautivó en un primer momento. Era difícil porque donde se había ubicado, la mirada le daba la espalda. La mirada era rubia, llevaba pantalones blancos y una remera con un escote en la espalda que dejaba ver un corpiño de encaje. Pero también descubría algo más revelador: un tatuaje. Cuando la mirada acomodó su cabello en un gesto de esos tan particulares que tienen las mujeres, pudo leer en medio de la espalda una palabra, “poesía.”, con minúscula en imprenta y un punto final. Le pareció premonitorio, mágico, en el sentido de hechizo: esa palabra era un conjuro. Dicen que la poesía es todo aquello que queda fuera cuando terminamos de definir lo que es la poesía. Ella era poesía, ni más ni menos. Era todo lo que él pensaba de ella y lo que no, aquello que no llegaba a comprender siquiera imaginar, el abismo insalvable que los separaba. Volvió a su cerveza. Quien atendía tenía problemas de comunicación con un turista inglés. Devolviendo el favor anterior, hizo de interlocutor entre cliente y barman. Solucionada la confusión, sacó su libreta y comenzó a escribir: “Esa necesidad de escribir. ¡Qué tragedia que me amen por lo que callo cuando escribo! No puedo simplemente quedarme en silencio, y aunque no escriba, pienso” —escribió. Levantó la cabeza y notó a otra mujer en la barra que llamó su atención con un libro. Era de Hesse. Por la extensión, se dio cuenta que no podía ser ni El lobo estepario, Demian o Siddhartha; se preguntó si no sería la última recopilación de cuentos que había salido recientemente. Pensó acercarse, pero un hombre apareció y mostró con gestos animales su territorio y propiedad. Se volvió a su libreta con un sentimiento de repugnancia; esta vez dibujó, copió la realidad e hizo un boceto de su vaso de cerveza pero lleno con un líquido cuadrícula-blanco&negro. Seguía sonando Pink Floyd de fondo. Agregó a su bosquejo una pareja bailando arriba de ese líquido metafísico, rodeados de notas musicales. Vio que su nuevo amigo del otro lado de la barra estaba armando unos cigarros, así que guardó su libreta y le pidió uno. Salieron a fumar y charlaron en la vereda sobre la cerveza: del por qué se usa una copa o un vaso alargado y no una pinta con ciertos tipos para resaltar su aroma, o cómo el sabor metálico delata poca higiene de las canillas. Pasaron a la música, pero el barman tuvo que interrumpir (tirando el cigarro por la mitad) su recomendación de la murga uruguaya porque entró nueva clientela. Mientras terminaba su cigarro tranquilo, y empezaba a jugar con los efectos del alcohol en su percepción de la realidad, se quedó viendo a una mujer en la calle pedir monedas con sus dos hijas al lado. Su estrategia era, en vez de pedir dinero, pedir que le comprara un paquete de galletitas o una leche a sus hijas en el supermercado que convenientemente estaba al lado. Sintió culpa, aunque lucho contra ese sentimiento débil e innoble. Finalmente se acercó y le dio un billete creyendo comprar un peldaño de la escalera al cielo. Entró al bar nuevamente, encontrando a alguien sentado al lado de la barra dónde se había ubicado desde un principio. Era un hombre robusto, de mediana edad, caribeño por su acento. Pidió otra cerveza, y buscó la mirada. Para su sorpresa, lo estaba viendo. Era difícil, pero no imposible. Se había girado, sútil pero obvia, su amiga la confirmaba. Se dio el chispazo de pupilas que chocan como dos espadas y se volvió. Sonrió y con una ingeniosa interjección entabló conversación con la persona a su lado. Era colombiano, amante del tango. Ensayó una de sus preguntas filosóficas, y sin darse cuenta, había armado un debate entre el barman, su ayudante que había llegado recién, el colombiano, y otras dos chicas de la barra de enfrente. El colombiano le invitó otra cerveza, la cual agradeció. Salió una vez más a fumar con el barman, que lo pidió que lo acompañase al supermercado a comprar cerveza. Pasó delante de la mujer que antes había creído ayudar, y se metieron en el supermercado chino. Por algún motivo, ya que no es común, tenían toda una sección con cervezas de todo el mundo, tipos y colores. El barman compró una lata celeste, según él, muy rara; no tenía pensado tomarla en ese momento sino guardarla en su heladera con otras especies raras que coleccionaba como estampas.
Volvieron al bar, terminó la pinta invitada, la mirada ya se había ido. Se despidió del colombiano y del barman, agradeció al resto por participar del pequeño debate alrededor de sus inquietudes y se fue. Tomo unas de esas bicis públicas, se puso los auriculares y con un ojo cerrado para evitar la vista doble, pedaleó la noche. Finalmente, ya cansado, tomó rumbo a su casa y una vez en su cuarto, se desvistió y se durmió.Soñó que estaba en una casa quinta alejada, al parecer, se estaba celebrando una fiesta, todos andaban descalzos, vestían con togas al estilo griego y llevaban máscaras de teatro con una mueca dibujada, que a veces era una sonrisa y a veces no. Las mujeres se dejaban un pecho afuera como se ve en tantas pinturas, mientras que los hombres solo se cubrían la cintura. Había música pero no podía reconocer qué tipo era. Se detuvo a analizar la situación y pronto comprendió las reglas. Cuando alguien estaba interesado en otro, se acercaba y acariciaba el codo de esa persona. Si este aceptaba la propuesta, le devolvía el gesto con un tierno pico en los labios, sino simplemente se daba vuelta y seguía su camino. Los fermentos y los inciensos pasaban de mano en mano. En alguna parte de la quinta nevaba. De pronto, detrás de una bola de piernas y manos que se acariciaban, arañaban y apretaban, surgió una espalda con una palabra escrita en ella. Es curioso como la lectura en el sueño, es una tarea por demás compleja y frustrante. Pero era inconfundible, “poesía.”. Con alguna lógica extraña, solo posible en el mundo onírico, se convenció de que era real y no un recuerdo mezclado con deseos. Despertó angustiado, pensando que solo podría confirmar que era ella por la mirada, cualquiera se puede tatuar una palabra.

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