El linyera de Balvanera

 

Se llama así mismo Filopoeta, nadie sabe su nombre real. Camina con la mirada perdida acariciando su barba y bigotes, pensando, riendo, hablando solo, llorando; se sienta en las esquinas de Junín y Tucumán a escribir o leer. Es delgado pero fuerte, no se lo ve sucio, un poco desprolijo, tal vez, por su pelo y barba largos. Toma cerveza pero solo en los fines de semana, como si fuese alguna costumbre heredada de otra vida, le gusta la Warsteiner. Si se queda sin su tabaquito, le pide a algún transeúnte un cigarrillo. Por las noches desaparece. Tiene un pequeño reloj a cuerda de pulsera, pero sin las mangas, el cual guarda en un bolsillo del pantalón. Es común, si te lo cruzaste dos veces, en la tercera te pida un viaje en bici. Me explico: te mira a los ojos y te dice “¿Me invitás un viaje en bici?“. Ante semejante pedido, lo mínimo que puede hacer uno es detenerse. Él entonces a su vez se explica: “Quiero pasear en bici, ¿me sacarías una?” Y te muestra su reloj, siempre mirándote a los ojos, dando a entender que entiende cómo es el juego, sabe que tiene un tiempo para devolverla, de lo contrario perjudicaría a la persona que se la sacó. Hay días que anda todo el día en bicicleta, teniendo en cuenta que se posee una hora de tiempo para usar entre vuelta y vuelta, convence a más de 7 personas para que lo inviten un viaje. Vive de un modesto arte. Escribe, pero ocasionalmente también dibuja. Al andar por la zona de facultades, logra encontrar mucho material en las calles. Una vez, se lo vio bailando de felicidad al lado de un contenedor de basura lleno de libros. A veces le pide a los universitarios que le compren lápices y gomas de borrar, o más raro aún, que le tipeen o escaneen sus obras y se las impriman. A cambio de ese favor, ofrece pagarles con un libro. Una vez, se acercó a una chica de alguna de las  facultades, y le pidió que se lo imprimiera, así se podía ganar unos pesos; a cambio le ofreció “Sobre tumbas y héroes”, que había terminado de leer por séptima vez, diciéndole “Lo importante no es leer sino releer”. Desconcertada, sin saber qué hacer, la chica tomó las hojas con los escritos, los cuales tenían una letra inclinada hacia el extremo superior derecho, por momentos difícil de entender. Le dio el libro en ese momento como un símbolo de confianza, y se despidió. La vida es rara, por efímera y errática. Ella un día vio los textos del linyera bajo unos apuntes de la facultad, y se tomó un fin de semana para transcribirlos, e imprimió 20 copias en formato fanzine. El problema era encontrar al linyera de vuelta para dárselo. Entonces leyó este cuento, en donde le hago saber que puede encontrarme en el Parque Leloir a partir de las 7 de la tarde.

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