Primer día de abstinencia

 

Voy sentado, el día está soleado y una leve brisa entra por las ventanas abiertas. Al lado mío viaja una señora escuchando música en sus auriculares, ¿qué escuchará? Yo estoy escuchando Lila – Rodriguez Jr (ni idea yo tampoco); parada viaja una mujer de pelo moreno rojizo según cómo le pegue el sol, con dos perlas en las orejas. Tiene las uñas pintadas de rojo y su celular en una funda rosa. Lleva puesto una remera con unos pitbull francés con anteojos, y tiene tatuado una oración de dos renglones en el antebrazo.

Entre Derqui y Sol y verde, hay una abertura en el entramado del espacio-tiempo. Por debajo del puente por donde pasa el tren, un río separa un barrio de casas populares, de esas que son todas iguales, hechas por el gobierno de turno. Del otro lado, unas tierras pampeanas sacadas de algún verso del Martín Fierro, se extienden con vacas pastando y un gaucho arreándolas a través del río, como en la época de la Colonia.

Se fue la señora, encontró otro lugar al lado de la ventana y se dispuso a dormir. Ahora está sentada a mi lado una mujer más joven. También se fue la morena seudo colorada. Los vendedores ambulantes pasan uno tras otro, con sus tonos, algunos exigiendo la compra, otros más bien suplicando, algunos indiferentes si vendían algo o no; usando juegos de palabras, dejando el producto en la unión de los asientos delante de uno, o directamente sobre la pierna. La mujer que viaja conmigo acaba de comprar unos chicles, y tiró el envoltorio al piso. No le dije nada.

 

 

(Estación Muñiz)

 

 

(Estación W.C.Morris)

 

 

(Estación Hurlingam)

 

 

 

(Estación El Palomar) Vuelve la conciencia después de haber estado volando por el paisaje a otro tiempo del movimiento del tren; había aterrizado en las pistas del aeropuerto que se veía al lado de las vías. Cuando se va para el centro, si se quiere ver el aeropuerto se tiene que viajar del lado derecho y de espaldas.
La cabeza se me había llenado de ideas, preguntas, ocurrencias, paranoias, recuerdos, análisis, goces, miedos, se narraba una historia dentro de mi, breves capítulos autoconclusivos, al estilo inglés, muchas veces sin un cierre redondo al final.

Llegamos. Algunos duermen. Me propongo a despertarlos. Alguien se me adelanta. Pero no se anima a despertar al viejo que duerme con la boca abierta. Parece muerto —Señor, señor… señor, ¿señor? —mierda, está muerto. Se movió, no está muerto. —Señor, llegamos.

 


No me olvidé de la estación Bella Vista entre Muñiz y Morris. Solo que no la pasamos, bueno, puede que el tren sí, y que incluso haya subido y bajado gente, pero yo no la registré, y para mi es suficiente argumento para determinar que no la pasamos. Claramente estaba en otro lado cuando sucedió.

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