Rosa

 

«de la rosa nos queda únicamente el nombre»

 

El domingo después de almorzar se tuvo que ir a Buenos Aires a saldar una promesa. Excusas. La noche anterior había estado también allí pero por diversión, para despedirse decía, el amor a una ciudad es mas puro que el amor a una mujer, aunque a veces experimentara enardecidos deseos de quemarla como un Nerón moderno. Al llegar, caminó hasta la feria de artesanos donde lo esperaba un amigo suyo, y entraron en el bar de la esquina. Como no quería volver tarde, después de una cerveza, entregó lo que debía y se despidió. Pero una vez en la calle, la garganta había agarrado ese gustito, e intentó convencer al resto del cuerpo con sofismas acerca de la irrealidad del tiempo, recurriendo a la sensibilidad de los otros sentidos, seduciéndolos con la caricia de una leve brisa y un brillo púrpura en el cielo del atardecer, tentándolos con el murmullo de charlas animadas y un aroma de flores que recorrían las calles de aquel tranquilo barrio. Entró en otro bar.
Este tenía una pequeña terraza, en la que se acomodó con un libro y bebió hasta terminarlo. Le quedó grabado una frase que leyó en la novela de boca de uno de los personajes antagónicos «no existen las casualidades sino los destinos inciertos», “…y trágicos” pensó él para sus adentros.
El lunes comenzó lo que sería su última semana en la ciudad de la furia. Dejaría de trabajar allí para comenzar a trabajar en una Universidad de la ciudad en donde había nacido, huido y volvido. Si antes no le había importado cumplir el horario, ahora menos que menos, así que ese día se despertó cuando quiso, y hasta lavó los platos antes de salir, cosa que no hacía ni siquiera a la hora de comer, sirviéndose directamente de la olla. Tomó el tren a algún horario, y cuando bajó en Villa del Parque (los trenes no llegaban a Retiro por reformas en el ramal) subió a uno de esos improvisados micros que hacían el transbordo hacia Palermo.

No se subió al primero que salió, sino al segundo; no subió por la puerta delantera, sino por la trasera (había visto una vez a alguien viajando sentado en los escalones y decidió que iba a hacer lo mismo, ya que es imposible conseguir un asiento a esa hora a menos que estés dispuesto a empujarte con una señora mayor). Estaba pronto a acomodarse cuando una bella, hermosísima y joven mujer, lo encaró sin mediar nada, tomando posesión de la situación. Llevaba un crucifijo colgando del cuello de algún tipo de piedra color verde, y vestía con sencillez pero con una elegancia que traspasaba cualquier prenda que pudiera llevar (con un vestido, ella hubiese podido finalmente curar su nihilismo, como decía otro amigo suyo: si se te para, no sos nihilista”). Le habló, sin decir hola —¿Tenés celular? —tenía una voz corrompible, y para colmo, un acento de cheta, ya saben. Sin dejarle responder continuó en el mismo tono —porque yo no, y necesito llegar a una dirección, ¿podrías fijarte?
El celular de él tenía rota la pantalla y andaba lento, no solo los perros sino también los celulares se parecen a sus dueños. Logró ubicarla a pesar de la vergüenza con la ayuda de una app. Sin saber cómo seguir la conversación, le dijo de nada antes de que ella le agradeciera y se sentó en los escalones como había sido su idea original.
Se quedó pensando en su posición en el Universo dentro de ese colectivo. Estaba a un paso de lo que había estado buscando: el romance total, el tipo de historia que se podría vender a la N roja en formato de serie. Pero no sabía cómo continuarla, era un escritor con el síndrome de la página en blanco en lo que su vida afectiva refería. Se le ocurrió una chiquilinada, como era costumbre en su comportamiento infantil, hacerle un dibujo. Sacó su libreta e hizo un gracioso mapa: primero hizo las diagonales, luego dibujó la Plaza de Mayo, dibujó la catedral y la Casa de Gobierno como unos pentágonos de esos que hacen los nenes en el Jardín, diferenciando uno con una cruz en la punta, y el otro con un Miuacri escrito dentro; hizo las paralelas y perpendiculares; y finalmente con una línea punteada marcó el camino a recorrer. Debería haberse bajado antes, pero su indiferencia al horario, ahora tenía un motivo. Una mujer.

Llegaron a Palermo, bajaron y se intentó acercar a ella, pero en el camino se le cruzó uno de esos de Greenpeace que creen salvar el mundo recolectando tarjetas de crédito —“¿tenés un momento?” —claro que no lo tenía, y en la esquina antes de cruzar la alcanzó tímidamente tocándole el hombro, y le preguntó si todavía se acordaba cómo llegar, a lo que extendió su mano con el mapa. Ella sonrió y le preguntó si iba para el mismo lado — —dijo él sin mentir pero tampoco sin terminar de decir toda la verdad.
La tragedia empezó mucho antes, antes de que le diera el mapa, antes que ella le pidiera indicaciones, antes de que él se subiera a ese micro y no al primero, antes de que decidiera levantarse a cualquier hora, antes de incluso haber visto a ese hombre ir sentado en los escalones, y que de manera inconsciente lo inspirara a imitarlo, mucho antes, porque la cantidad de azares acaecidos para que se diera tal maravilloso encuentro, requería de tiempo incalculable incluso para chips.

Entraron en confianza pronto, ella estaba como perdida, él se lo hizo notar y ella le dijo que no se acostumbraba todavía a la Argentina, menos a Buenos Aires, después de su regreso de Europa. Poco a poco fue confirmando todos los prejuicios de él, incluso los buenos, como que era familiera y no le gustó París. Cuando él le preguntó cuáles eran sus planes para este regreso, ella le comentó que estaba recibida en Filosofía y… a él, un estudiante crónico de aquella hermosa carrera, se le debió de haber transformado su sonrisa en una mueca evidentemente extraña, porque ella se quiso apurar a aclarar algo pero él se adelantó —Yo también estudio el Arte.
Ni cuando ella le mencionó tomista-aristotélico sospechó, porque Aquino le parecía sólido y Aristóteles la caía bien por pelearse con Platón. Él mencionó a Jaegwon Kim y el uso de matemática discreta para dar cuenta de los eventos mentales, le nombró a Fodor, y más tarde, cuando ya habían cambiado de tema, se acordó de Turing. Fue como un cambio de figuritas en el recreo, Russell, late, Heidegger, late, Godel, nola.
Cerca del ominoso final, ya en las escaleras mecánicas, la despedida subía lenta con ellos. Entonces ella salvó la situación, —¡Qué loco! Nunca antes me había cruzado con alguien que estudiara Filosofía en la calle —a lo que él contestó ansioso —Por cierto, soy Andrés —extendiéndole la mano —Rosana, Rosa, me dicenAh, como la filósofa Rosa Luxemburgo —dijo él —No me suenaLa comunista.
No había entendido las señales. Podría haber dicho “como en El nombre de la Rosa”, ahí tenía a Aristóteles, pero no, tuvo que nombrar a una marxista y el ni siquiera era uno—Adiós Andrés, un gusto —se despidió ella. Ahí terminó la tragedia.

Sentado en el trabajo, intentando leer, se percató del cambio de humor ante la mención de una comunista, la cruz, la dirección… la dirección le sonaba. Sacó su celular y se fijó el historial guardado, googleó qué había allí: Universidad Católica. También se acordó que en el viaje ella le dijo que había estudiado en San Miguel, lo cual lo había sorprendido porque no sabía que allí diesen Filosofía. Volvió a googlear: Centro Loyola de Jesuitas.
De la que se perdió, rió, si hubiese sido el amor de su vida encontrado en un colectivo, imaginó la vida burguesa que podrían haber tenido, 4 o 5 hijos, un labrador, la casa en el country, hablando con ese acento de Quico; él intentando cogerse a las amigas o mejor aun, a la madre que seguramente era terrible milf; poniéndose ebrio en las navidades y reuniones familiares, citando al Fede*; podría haberse vuelto un escritor fracasado, que tenía que bancarse a los suegros los domingos después de Misa, diciéndole entre líneas que nunca estuvo a la altura de su bebé. Qué hermoso, se consolaba.


*Nietzsche

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