La brisa del padre

 

Curiosamente, cuando entro en esos periodos de reclusión
como un loco malo, por solo,
mis amigos se conectan a mí,
para chequear, pareciera,
y si bien reconozco que es algo deseable,
siento que no lo merezco.
Una amiga me dijo que me cruzó por la calle,
en realidad, a mi doppelgänger,
y según una frase suya,
cuando alguien te recuerda otra persona,
es por algo”.
En eso mismo pensé cuando me percaté que había pedaleado hasta el cementerio,
Pasé indiferente a los mausoleos y demás nichos
hasta donde lo habían puesto la última vez, con el abuelo materno,
intentando no pensar en la vez que visité el cementerio de la Chacarita y el de Recoleta
con Ella;
pero como el oso polar de Dostoievski,
ahí estaba caminando conmigo.
Una mujer joven de vestido negro, decorado por flores naranjas,
bastante sensual, con anteojos por lo que no se podía saber si lloraba,
estaba sentada al lado de un montículo de tierra con su mano apoyada en ella.
En una especie de pasillo ancho,
la muerte de un lado y del otro de las paredes
se organiza en cuadrados numerados
con un pequeño soporte para poner el recipiente con las flores (si es que no se lo robaron o se rompió).
En el piso, una bolita llamó mi atención
¿Cómo llega una bolita a un cementerio? Tal vez, fue dejada caer y olvidada por un niño precoz en la muerte, como yo, ¿por qué un niño lleva una bolita a un cementerio? ¿Se la habrá dado su madre para entretenerlo mientras ella hablaba con la pared?
Algunos cuadrados tienen flores,
mi papá y mi abuelo comparten un recipiente vacío,
salvo por una pequeña flor roja de plástico.
En algunos cuadrados hay placas de madera y de metal con los nombres de los que allí yacen,
otras los tienen pintados a mano,
hay algunos incluso con fotos (lo cual me parece morboso).
Las placas suelen indicar el tiempo vivido;
haciendo cuentas uno se estremece al encontrar a alguien más chico, o próximo en edad.
Hace tiempo, entendí que allí no hay nadie,
incluso cuando todavía la idea del Caelo me convencía,
tenía más sentido para mí mirar a las estrellas y hablarles a ellas.
Allí estaba, sentado en indio,
queriendo hablarle a una pared o, más bien, a lo que guardaba:
dos cajas de madera (urnas) con huesos una, y cenizas la otra.
Pensé entonces que allí en realidad se guardaba una parte de mi consciencia,
el primer encuentro con la Muerte.
Lloré sin poder decir una palabra,
pensando en el Olvido como Destino,
y fui sorprendido por una brisa que se levantó en ese pasillo de muerte,
era fuerte pero acogedora,
como un abrazo.
Sentí la Inmortalidad de las partículas del Cosmos,
reorganizadas de huesos y carne
a polvo en el aire alrededor.
No era la primera vez que del otro lado se comunicaban:
una vez, pidiéndola a esa sorda pared una respuesta,
una señal aunque más no sea,
escuché un “hola”,
había sido un empleado del cementerio que pasaba,
pero resultó ser una feliz coincidencia.

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