Marcapasos

Todo cuando es y hay es un sentir y es lo que cada uno de nosotros
ha sido siempre y continuadamente
—Macedonio Fernández

 

¿Cuándo comienza una historia?

***

Sábado en la noche, la agorafobia no hacía efecto, por lo que Andrés decidió salir a buscarla para así volver a su casa y poder quedarse tranquilo. Buscó en la Guía El País la cartelera de teatro, y una imagen, acompañada por la palabra MARCAPASOS, llamó su atención:

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En la descripción, se leía:

RESONAR

AL MORIR, EL ÚLTIMO SENTIMIENTO QUE VIVIMOS,
VIBRA A TRAVÉS DEL COSMOS,
MIENTRAS UNO SE VA CONVIRTIENDO
EN ESE SENTIMIENTO POR LA ETERNIDAD.

 

Agarró la bicicleta y se fue hasta el teatro de la ciudad. Compró la entrada, la cual tenía la imagen que había visto en la cartelera, con la misma frase en el anverso. La leyó nuevamente, y la mantuvo en su mano, con miedo de guardarla en el bolsillo por si la requería luego. Pidió y tomó una cerveza mientras esperaba. La antesala era una habitación pequeña, en uno de los lados estaba la barra, los baños a un costado bajo una escalera caprichosa, y solo dos mesas completaban junto a un pequeño sillón para dos personas, el mobiliario.
En frente suyo, dos mujeres tenían una charla animada. Nadie más en la habitación le llamó la atención. Así que se volvió hacia la barra y ojeó las revistas que allí estaban dispuestas. Paseó su vista al resto de la mesada y encontró una especie de brujería voodoo. Un cuenquillo con lo que parecía ser sal en frente de una televisión muy chiquita, de cartón, con la cara de Mirtha Legrand. Si, el también se rió. Pero después se asustó. Miró arriba, inspeccionando los licores, y vio el absenta. La caja tenía el autorretrato de Vang Gogh en tres dimensiones, jugando con el contorno rectangular de la caja.
Una voz que llamó a los presentes lo sacó de su trance, pidiendo las entradas e ingresándolos al otro lado de una cortina negra. A medida que pasaba por atrás de la gradas donde se sentaría el público, percibió dos cosas: el latir de un corazón y el fuerte aroma a puchero. No era el único que se había percatado, otros rumoreaban por lo bajo. Se acomodó cerca del medio. Después de unos minutos en la oscuridad, con ese aroma inundando el aire junto al latir que no cesaba, el murmullo empezó a llenar la sala. Entonces, como buscando callar al público, el volúmen de ese bombo aumentó y se aceleró. Fue un instante, y volvió a su normalidad, junto al silencio del público. En ese momento, las luces del escenario empezaron a ir encendiendo gradualmente, a la vez que el latir se volvía robótico, a lo Daft Punk, y disminuía hasta volverse casi imperceptible.
La escena era una cocina comedor bien sencilla. Una mesa, dos sillas, dos vasos, siempre dos, dando a entender que eran precisamente dos conviviendo, aunque solo apareciera un actor. Este, un hombre mayor, aparentaba más de 75, irrumpió en la escena dirigiéndose a la olla, de la cual provenía el aroma que había llenado la sala, y la tapó —Las nuevas generaciones de hacer puchero, ponen el choclo nada más que 5 minutos, bah, hay que dejarlo hervir —dijo de pronto. Salvo por esa intromisión, el personaje no hablaba, aún así dialogaba consigo mismo a través de gestos precisos. Levantó la tapa una vez más y siguiendo con su Soliloquio de un hombre que cocina puchero dijo —Dios está muerto y la cebolla es opcional.
Finalmente, puso dos porciones del contenido de la olla en un plato hondo y lo dejó sobre la mesa, pero sin sentarse. Tomaba la silla por el respaldo, en clara consternación, apretando con fuerza, mientras la respiración se le acumulaba en el pecho sin llegarle aire al ombligo. Logró desprenderse de la silla y empezó a caminar como animal encerrado, mirando al puchero sobre la mesa como un anhelo. De pronto se quedó inmovilizado, y se perdió en el humito del plato que viajaba hacia el público, e hizo contacto visual con este. Entonces, después de un momento colmado de tensión, gritó “¡AMOR!”.
Volvió a una normalidad inusitada, como al principio, cuando el fuerte y acelerado latir, había callado al público. Se sentó armonioso, en paz consigo mismo. Probó bocado. Cada vez comía más aprisa, endemoniado, se manchaba, hacía ruidos, eructaba, reía, reía y reía; al mismo tiempo, se tomaba el pecho, el dolor y el placer lo colmaban, no dejaba de reír, no dejaba de apretarse el pecho con los dedos, era un estado extático de colesterol. Se levantó con dificultad para terminar cayendo muerto al lado de la mesa. Las luces se apagaron y el imperceptible latir mecánico dejó de escucharse, tapado por el eco de los aplausos.

Otra vez en su casa, encontró la entrada en su pantalón. Aunque había sido cortada por el troquelado, la frase todavía se leía.

***

¿Cuándo culmina una historia?

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