La rosa de Johannes Grisebach

A book is proof that humans are
capable of working magic
—Carl Sagan

Las llamas del fuego consumiendo la rosa aún flameaban en sus ojos como un reflejo del desencanto sufrido. Ciertamente no era un maestro, y tampoco había logrado convertirse en el discípulo de uno. Lo atribuyó a su poca fe, tal vez incluso, a su precoz vida. Prometió volver cuando sea más fuerte, pero sabía que no volvería a ver al anciano.

Una vez más bajo las estrellas caminando solo, ni siquiera la propia sombra lo acompañaba en ese momento de duda. De regreso por dónde vino, por lo menos conservaba las monedas de oro, aunque el oro jamás le importó. Lo que él realmente deseaba era aprender el Arte.

—“Cada paso que darás es la meta”—recordó las palabras del maestro y río, un poco irónico, otro tanto frustrado.

No dejaba de pensar ahora en su amada, aquella muchacha que había dejado atrás para entregarse al oficio de la creación. Sacó otra rosa, esta vez no de su talego si no de un recuerdo.

—Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus.

Su nuevo propósito era hacer resurgir de las cenizas aquella rosa quemada por la pasión equivocada, recuperar la vida en vano entregada. Pensaba en ella y lloraba. Bajo la luz de la luna se sabía mortal y eso lo reconfortaba. Hasta que nuevamente, las palabras del viejo, lo colmaron de desesperación:

—¿Crees, por ventura, que algo puede ser devuelto a la nada?

De rodillas, puso su cara contra el suelo.

—Una rosa puede quemarse— se repetía incesante. La había visto arder en la chimenea del viejo, lo había experimentado en el último beso que dio a su amada.

Después de tres días, escribió con su dedo en la arena del desierto. Una simple mirada a los curiosos garabatos le bastó para comprender. Había puesto su mente en la arena, esta era ahora accesible a cualquiera que leyera la inscripción, no tenía que siquiera estar vivo, podrían pasar miles de años. Hablaría a través del tiempo clara y silenciosamente dirigiéndose a otros en el futuro distante, entrando inclusive en sus mentes.

Grano a grano, iría cayendo la arena del reloj hasta finalmente cubrir el cuerpo del ahora maestro, y ocultarlo junto a su Opus magnum.

 


Inspirado por este cuento

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