Dos tiempos

Lleva dos relojes, uno en cada muñeca. No por capricho, sino por necesidad. Antes de dormir se los saca y los deja en el escritorio detrás de su cama, la cual hace las veces de mesita de noche. Al levantarse por las mañanas, sincroniza ambos dos con la hora que dicta el locutor por la radio despertador, y les da cuerda antes de ponérselos. Como se dijo, los usa por necesidad; a saber, conviven en él, en su interior, dos tiempos; como en las cataratas del Iguazú: cuando se ve la masa de agua caer por la Garganta del Diablo, si uno logra entrar en trance, percibirá dos tiempos, uno frenético, con una fuerza arrolladora que arrastra todo cuanto se ponga en su paso, el agua que no se detiene; y luego está el otro, en que esa misma masa, parece permanecer en un estado perpetuo (de movimiento), pero que por intuición o por algún otro mecanismo de la psique, se ve sino estática, al menos más lento. Así nuestro hombre vive, o mejor dicho, dos tiempos viven nuestro hombre, uno frenético, arrollador, incontrolable, y otro que se mantiene por su voluntad, la cual paradójicamente no alcanza a dominar del todo, por lo tanto errática. Curiosamente, cuando mira la hora, ambos relojes siempre marcan el mismo número pero claro está, no el mismo tiempo: uno gira lo que se puede decir normal, y otro más rápido o más lento según las circunstancias.

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