Ejercicio Rhine

 

En las profundidades del océano Atlántico yace el esqueleto de un acorazado, que con el solo mencionar su nombre, ya se animaba el pavor de los soldados en los primeros días de La Guerra. Fue la máquina asesina más avanzada de la naturaleza, blindado y soberbiamente armado, el arma marina más temible de la historia, un legítimo monstruo.

El 16 de mayo, el Alto Mando fue informado acerca de la conclusión total de los preparativos para La Operación, y por tanto se ordenó proceder con la misma a partir de la madrugada del día 19. A las 02:00 escoltado por tres destructores y una flota de dragaminas, el Haifisch zarpó de Gotenhafen y se dirigió a los estrechos daneses. El Arma Aérea proveyó la cobertura del cielo nocturno durante el viaje fuera de aguas germanas.

El Alto Mando no estaba preocupado por el riesgo de seguridad que supuso el submarino de ataque God Hand de la Marina Imperial, el cual había descubierto la flota e incluso la siguió por el estrecho Kattegat durante dos horas, aunque ciertamente, el secreto operacional se había perdido. La noticia del avistamiento fue transmitida a La Mansión —lugar donde los mensajes crípticos eran descifrados por La Máquina— confirmando una inminente incursión teutónica a través del Atlántico. En la noche del 20 de mayo arribaron a las costas noruegas, y los dragaminas y los destructores se separaron, mientras el incursor junto a su escolta, El Crucero, continuaron hacia el norte. A la mañana siguiente, oficiales del Crucero interceptaron una señal de radio que ordenaba a aviones de reconocimiento anglosajones buscar dos acorazados hacia el norte de la costa noruega.

El almirante galés había ordenado al crucero de batalla Majestad y al acorazado, recientemente puesto en servicio, El Príncipe, reforzar el par de cruceros que ya patrullaban las aguas del estrecho de Dinamarca. El resto de la flota estaba fondeada en estado de máxima alerta. El mal tiempo sobre el golfo no permitió a los aviones bombarderos localizar a los buques germanos. Hacia la medianoche del 21 de mayo la fuerza teutona ya estaba en mar abierto y en dirección al océano Ártico. Sobre las 12:00 se ordenó virar hacia el estrecho de Dinamarca para intentar penetrar en las aguas abiertas del océano Atlántico, aumentando la velocidad para sortear rápidamente el estrecho. Al entrar en éste, la niebla redujo la visibilidad a unos 3000 metros, por lo que es activó el equipo de radar, y el hielo obligó reducir la velocidad teniendo que navegar en zigzag para evitar los inmensos témpanos.

A las 19:22 se detectó al crucero anglosajón el Danés: finalmente habían sido localizados. Y a las 20:30 el crucero pesado el Sajón, se había unido al Danés. Alrededor de las 22:00 el Haifisch realizó un giro de 180° para sorprender a los dos cruceros británicos que lo perseguían, aprovechando su invisibilidad bajo la lluvia que caía, pero la maniobra fue detectada por el radar del Sajón y pudieron evadirlo. Los cruceros imperiales se mantuvieron en su posición toda la noche, transmitiendo continuamente la conducta del Haifisch. El mal tiempo cesó la mañana del 24 de mayo y dio paso a un cielo despejado.
A las 05:07 de esa mañana, operadores del Crucero detectaron un par de buques sin identificar aproximándose a la formación germana a una velocidad de 20 nudos. A las 05:45 fue avistado humo en el horizonte. Eran las chimeneas del Majestad y El Príncipe. Habiéndose reducido el rango a 26.000 m, el Majestad abrió fuego sin perder tiempo, seguido del Príncipe apuntando ambos al Crucero, pensando que se trataba del Haifisch. Minutos después se ordenó un giro de 20° a babor, lo que permitió hacer uso de toda la artillería. Pasado un breve tiempo de iniciado los cañonazos, el Crucero logró hacer impacto en la cubierta del Majestad. Rápidamente calcularon el rango de distancia exacto y se ordenó un ataque directo del Haifisch.

Una inmensa aleta surcó el agua cortando la tensión de la superficie a su paso, mientras por debajo, una descomunal sombra la seguía. De pronto, ambas se hundieron para desaparecer en la inmensidad del océano. La flota entera del Majestad había quedado paralizada ante el breve avistamiento del arma germana. La calma reinó por breves segundos, nadie se atrevió a reclamar su trono. Hasta que una pantalla de agua de más de 20 metros, se levantó delante de los marinos dejando entrever una figura monstruosa que saltaba desde las profundidades y tapaba con su colosal figura la luz del sol. Con un violento movimiento de su gigantesca cola, se puso en posición horizontal, de frente al crucero, siempre suspendido en el aire. Las fauces aún cerradas asemejaban a una sonrisa, una irónica, a la de la muerte. El agua que salpicaba las caras incrédulas iba volviendo a la realidad a la tripulación, pero ya era tarde.

Cuando el monstruo mordió, la delgada armadura de la cubierta del Majestad fue penetrada por los dientes de 13 metros como si de manteca se tratase. Uno de los triangulares y masivos dientes llegó hasta el polvorín e hizo detonar 112 toneladas de explosivos. La incontrolable detonación reventó la parte trasera del crucero, entre el mástil principal y la chimenea trasera. La inundación de agua, la cual cada vez era más, hizo alzar la proa en un pronunciado ángulo, y la popa se elevó de manera similar cuando el agua penetró en sus compartimentos desgarrados por la deflagración. Los altavoces anunciaron «¡Se está hundiendo!». Habían transcurrido solo ocho minutos desde el primer cañonazo. El Danés había desaparecido junto a una tripulación de 1.419 hombres.

El impacto de la poderosa explosión que hundió al Danés había lastimado gravemente la visibilidad del Haifisch, dejándolo completamente ciego; sin embargo este seguía poseyendo su poderoso olfato-radar, el cual fue alertado por la sangre que goteaba desde la cubierta del Príncipe hacia el mar. Se repite la imagen del aleta seguida por una sombra, moviendo grandes masas de agua, enfilando directo hacia su presa. Pero la tripulación del Príncipe no dudo, y descargó todas sus baterías hacia la amenaza aproximándose a ellos, consiguiendo hacer blanco con tres proyectiles: el primero en el espiráculo sobre la línea de flotación; el segundo, por debajo de la segunda aleta dorsal; y el tercero atravesó la abertura branquial.

A las 06:13 el capitán del Príncipe, cuando sólo dos de sus diez cañones aún disparaban y su barco había recibido cuantiosos daños, ordenó la retirada tendiendo una pantalla de humo para cubrirse. Los germanos rechazaron la idea de perseguir el navío anglosajón y en su lugar, pusieron rumbo hacia las aguas abiertas del Atlántico Norte. El proyectil del espiráculo así como el de las branquias, había provocado la entrada de grandes cantidades de agua en el Haifisch, que no le permitirían volver a hundirse para perderse en las profundidades. Y con una sola abertura branquial funcionando, el agua tampoco podía ser filtrada adecuadamente, por lo que el suministro de oxígeno se vio seriamente afectado. Grandes corrientes de sangre se dibujaban a ambos lados de la estela del Haifisch.

La Armada Imperial llamó a todas sus naves en el área para unirse a la persecución del buque monstruo. En total seis acorazados y cruceros de batalla, dos portaaviones, trece cruceros y veintiún destructores fueron convocados a la pesca. Sobre las 17:00 la tripulación a bordo del Príncipe había reparado nueve de sus diez cañones principales, por lo que fue emplazado en el frente de la formación de persecución para atacar al Haifisch si se presentaba la oportunidad.

A pesar de que este había sido dañado en el combate con el Danés, seguía siendo capaz de navegar a 28 nudos. Y a menos que fuera frenado, no serían capaces de evitar que llegara al puerto francés de Saint-Nazaire donde podría ser auxiliado. Con el tiempo empeorando, en un acto que pareció de puro instinto salvaje, el Haifisch viró para encarar a la formación de sus perseguidores, a lo que el Príncipe volvió a responder disparando doce salvas contra el acorazado germano. Esta acción distrajo la atención de los anglosajones, permitiendo al Crucero desaparecer. Había estado premeditado.
A las 22:00 se lanzó desde uno de los portaaviones un ataque, que comprendió seis cazas y nueve torpederos. El Haifisch evitó ocho de los nueve torpedos que le lanzaron, pero el noveno impactó hacia el centro, en la aleta dorsal. De todos modos, la alta velocidad y las maniobras erráticas para evadir los ataques fueron las que infligieron mayores daños. Con la persecución adentrándose en las aguas abiertas del Atlántico Norte, los barcos anglosajones se vieron obligados a navegar en zigzag para evitar a los submarinos germanos que podían estar en la zona. Diez minutos a babor y otros diez a estribor mantenían un mismo curso. Pero hacia los últimos minutos del viraje a babor, el Haifisch, que había reducido la velocidad a 16 nudos. repentinamente desapareció del radar. Había incrementado su velocidad máxima a 28 nudos, giró en círculo, primero hacia el oeste y después hacia el norte, y se colocó detrás de sus perseguidores. La Armada Imperial, desorientada, se embarcó en una búsqueda frenética del Haifisch. Un portaaviones y sus cruceros escolta fueron enviados al oeste, buques continuaron al sur y al oeste, y otro portaaviones navegó hacia el centro del Atlántico. La situación se iba complicando cada vez más, a medida que el combustible se agotaba.

A las 10:10 del 26 de mayo, un hidroavión pilotado por un oficial inferior americano, localizó al Haifisch a unos 1280 km al noroeste de Brest. Su velocidad era lo bastante alta como para llegar, en menos de un día, a guarnecerse bajo la protección de los otros monstruos germanos, los U-boots en las profundidades del océano y las Luftwaffe en lo alto del cielo. La única posibilidad que tenía la Marina Imperial era un ataque de los torpederos que, a su regreso al portaaviones, fueron rearmados con torpedos detonados por contacto.

Descendiendo a través de las nubes, a las 20:47, quince aviones llevaron a cabo el ataque. El Haifisch comenzó a virar violentamente consiguiendo evitar casi todos los torpedos que éstos dejaron caer, pero dos le impactaron. Uno acertó hacia el centro en el lado de babor, justo debajo del cinturón acorazado principal. El segundo torpedo hizo blanco a babor de popa, sobre la quilla caudal, cerca de donde se une la aleta caudal, que ayuda a mantener estabilidad al nadar y no quedar cabeza arriba. Con la cola lastimada al punto de la inutilización, el Haifisch navegaba en amplios círculos, incapaz de huir de los barcos que lo acechaban y lo convertían en presa de su propia presa. En la creciente oscuridad de la noche, el Haifisch lanzaba arrebatados mordiscos. A lo largo de la noche y la mañana los destructores acosaron constantemente al monstruo, iluminándolo con sus bengalas y disparándole docenas de torpedos, de lo cuales ninguno alcanzó al monstruo.

En el amanecer del 27 de mayo, se dirigió el ataque de la flota completa de perseguidores contra el paralizado monstruo. Podría haberse considerado una ejecución sino fuera porque el Haifisch devolvió las hostilidades. Reducida la distancia, a las 09:02 un obús de 406 mm impactó de lleno al Haifisch, a pesar de lo cual se las arregló para morder una última vez a las 09:27. El monstruo había quedado reducido a cartílagos que sobresalían la blindada coraza, cicatrices selladas por el fuego de los proyectiles impactados, y sangre de proa a popa. Escoraba 20° a babor y se hundía por proa. Su ejecutor se aproximó hasta los 2700 m, disparó a quemarropa, y continuó arrasando el maltrecho casco de la bestia.

El Informe Diario, realizado por el Alto Mando, y que se daba a la población mencionó tres veces al Haifisch. La primera reseña narraba la batalla del estrecho de Dinamarca, la segunda describía la destrucción y hundimiento del acorazado. Y la tercera, fue un exagerado informe acerca del Haifisch que relataba el hundimiento de un destructor Imperial y el derribo de cinco aeronaves, aunque nada de esto sucedió.

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