El escritor

Aunque pase un tiempo sin que viaje en tren, siento al subirme, una sensación de familiaridad. Las vías estuvieron antes que siquiera mis padres pisaran estas tierras, y seguramente persistan después que compre mi último boleto, o salte el molinete y viaje. ¿Cómo será? ¿Llegaré con el tiempo suficiente para encontrar libre mi asiento estratégicamente elegido? ¿O llegaré agitado, con el último pitido de esa alarma infernal y las puertas cerrándose detrás de mí? ¿Me ayudarán aquellos que prefieren el furgón, el último vagón (que también es el primero) sosteniéndome la puerta para que no se cierre, o animándome a saltar y meterme por la ventana?
Las vías estuvieron antes y estarán después, aunque ¿es la misma vía? ¿No se habría cambiado ya todo el tendido de rieles? Es más evidente con los trenes, se ven las máquinas nuevas y más modernas, y los vagones con diferentes estilos de asientos, fijos o rebatibles para no viajar de espaldas. Con las vías no es tan simple. Al fin de cuentas, no son más que dos pares de paralelas, las cuales no podemos ver sobre las que vamos una vez arriba del tren, pero si las del otro andén, la del tren que cuando vamos, este viene y viceversa.

Cierto viaje, me topé con un escritor. Era temprano en la madrugada, íbamos para el trabajo, eso la sabía de mi, pero de él lo conjeturé porque se le notaba la cara de estar demasiado cansado como para dormir; y aparte a esa hora, solo viajan trabajadores, estudiantes, trabajadorestudiantes, enfermos rumbo a hospitales especializados en la capital, vendedores ambulantes, algún artista que cree en eso de “el que madruga dios le ayuda”, y trasnochados mal entretenidos ¿Quién podría subirse a esa hora a un tren para simplemente pasear?
Iba en el furgón, mirando por la ventana con la mitad de la cara fuera, recibiendo los ocho vientos cuando interrumpieron mi lamentación. Un hombre, más grande que yo aunque no tanto, muy amablemente me preguntó si no me importaba cederle el lugar en la ventana. No lo noté famélico ni ahogado, pero entendí que lo necesitaba y eso fue suficiente para mí para correrme. Terminamos tomando turnos, porque este personaje insistió en devolverme el lugar pasadas unas estaciones. Cuando volvió a su lugar me empezó a hablar hablar, lo otro había sido un mero intercambio de interjecciones. Me dijo —No importa por lo que me paguen, mi vida la he hecho a base de escribir lo que veo, imaginando los secretos de los que me cruzo, solo con la manera en que sostienen la mirada. Disculpá mi sinceridad, puedo ver tu personaje y una buena historia, pero veo que estás buscando escribir la segunda parte sin siquiera haber terminado la primera. Si me das un cigarro, te puedo dar algunos consejos —.

No tenía encima, pero no me fue difícil conseguir uno haciendo un trueque con otro pasajero por tres papelillos para armar. Lo prendió, mientras el murmullo de las animadas charlas de los otros pasajeros se iba apagando, todo esto al mismo tiempo que pasábamos por el predio del aeropuerto al lado de las vías, donde los aviones despegan y aterrizan: en la línea del horizonte se empezaban a ver los primeros albores del día.
Cuando había fumado la mitad del cigarrillo, su cara perdió toda expresión y dijo: —Si vas a escribir, hay que hacerlo bien. Tenes que saber cuándo poner comas, saber cuándo no ponerlas, como en el título del libro de Quiroga “Cuentos de amor de locura y muerte” y saber cuándo poner punto final. Todo escritor sabe que el secreto para sobrevivir, es que no todo puede ser escrito, pero lo que sí se puede, tiene y debe ser escrito. Todos los libros pueden ser leídos y todos los libros pueden ser quemados. Lo mejor a lo que uno puede aspirar es a que el guarda u otro pasajero, un lector tal vez, nos encuentre dormidos ¡Soñando! y nos despierte donde hay que bajar —.

Terminó de hablar al mismo tiempo que fumar, apagó la colilla y me volvió a pedir el lugar en la ventana. Cerró los ojos el resto del viaje.

Un comentario

  1. pippobunorrotri · marzo 18, 2018

    INTERESANTE

    Le gusta a 1 persona

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