Vecinos

 

Nadie se atreva,
a tocar a mi vieja,…

—Pappo

 

Esperaba hacía semanas el golpe, tres meses justamente, desde que empezó con la obra. Primero hubo un reconocimiento. Sus vecinos mandaron al pibe que cortaba el pasto, que ya se había ganado la confianza de su madre, porque “se daba maña” según palabras de ella. Nadie sospechó cuando entró al terreno aquel día. Su mamá y él estaban laburando; jubilada y aun trabajando… El pibe, a sus anchas, llenó la pileta, puso música en un parlante a batería que había traído, y hasta hizo un asado. El albañil, que lo miraba, trabajaba sin decir nada, y cuando le ofrecieron asado, no lo dudó. Todo esto lo supo por las evidencias: la pileta estaba con agua, las brasas en la parrilla todavía ardían, y escondido en un rincón, tapado con una bolsa de nylon celeste que le había llamado la atención, el parlante. Además todas sus deducciones fueron confirmadas por uno de ellos, la chismosa. Agregó información incluso, pero la desestimó porque no podía corroborarla, y aparte, no le guardaba tanta confianza, bien podía estar tratando de desorientarlo. Lo cierto es que el pibe se lo compró al albañil, aprovechándose de su senilidad. Le dijo que quería aprender, y que lo ayudaría sin paga, que arreglaba con la señora; no se puede negar que “se daba maña”.

Ese día, por esas cosas de la vida, como lo puede ser “ratearse” del trabajo, volvió más temprano de lo normal. Al entrar a la casa, la gata salió corriendo extrañamente desde la puerta trasera, lugar más allá de sus dominios. No sospechó aunque le resultó extraño. Se desnudó, quedando solo con los calzoncillos puestos, y mientras se refrescaba sintió el ruido de la chapa de la puerta trasera. Fue hasta allí nuevamente, y vio una mano y un brazo recortado, como el mítico personaje Dedos de Los Locos Addams, metiéndose por la puerta entreabierta. De pronto cayó en cuenta que pertenecía a un cuerpo. Lo habían agarrado desprevenido, con la realidad todavía hecha sopa, donde todo podía ocurrir. Su animal territorial rugió, “¿Hola?” El resto del brazo y mano contestó —“Ah, hola… eh, estaba buscando una escoba” —“Acá tenés” —dijo alcanzándole una. Cerró la puerta, y volvió a caer en otro círculo pero más profundo de la realidad, LO ESTABAN INVADIENDO; entonces se puso a espiar por la rendija. El pibe barría el aire, estaba actuando, y pésimamente. Salió y lo encaró, todavía en calzoncillos. El pibe se terminó largando a llorar, por lo que lo dejó ir con la advertencia de no volver a pisar la casa.

Si bien, como se dijo al principio, esperaba el golpe, subestimó a su enemigo. Habían entrenado al perro, enorme pero cobarde, para que solo ladrara cuando él salía o entraba de su casa. Cuando vinieron los del municipio a cortar los árboles de la veredas para el otoño, curiosamente dejaron sin cortar el que estaba en la vereda de enfrente a su casa, tapando la luz de la calle. Seguramente habrían sobornado a los del municipio, como al albañil, con una confianza disfrazada, pensaba. Al principio, los desorientó solo yendo y viniendo en cualquier horario. Pero luego empezaron a venir cada vez más seguido familiares de sus vecinos a visitarlos, quedándose hasta altas horas de la noche despiertos; a toda hora siempre había alguien de ellos vigilando. No eran muy sutiles tampoco, en el tiempo que se tardaba en meter la llave, girarla y bajar el picaporte, escuchaba sus conversaciones: “¿Cuántos albañiles se necesitan?”, traducción: cuántos personas se necesitan para dar el golpe; “¿Cuántos ladrillos hay?”, traducción: cuánto dinero hay.

El primer y único error lo cometió él, y no se lo perdonaron. Un día, la más vieja de sus vecinos, la jerarca de la familia, lo escuchó decir a otro pibe que se había ofrecido a cortar el pasto, que viniera después, cuando estuviera su madre, porque ella tenía la plata. Ergo ya no necesitaban que él estuviese en la casa. Esperarían a que su madre quedara sola. Y así fue, al volver un día de una salida, la encontró muerta y la casa totalmente revuelta. Nunca tuvieron plata. Tomó las cosas con calma, parafraseando a Meursault, “Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé.” Hizo los trámites dispuestos para la muerte de un familiar o ser querido, completó los formularios del duelo, y volvió a su casa, ahora más vacía que antes.

Se le ocurrió que él también podía darse maña, como un tributo a su difunta madre. Invitó a su hermana a comer, con la excusa de darle el libro que había publicado pero que por una cosa o por otra, nunca le había dado; y por supuesto le dijo que trajera a su pareja. Sabía que a su cuñado le gustaba cazar, simplemente sacó el tema en la comida, y arreglaron un día para salir de cacería, diciéndole que le gustaría poder tirar con el arma de su abuelo, heredada a su padre y finalmente a él, una escopeta calibre 16. Apeló a su lado paterno, ya que tiene todas hijas con sus anteriores parejas, y se le nota en la cara que quiere compartir “cosas de hombres”. Su cuñado, emocionado le dijo que como no podrían ir a comprar los cartuchos a una armería, porque el arma no estaba registrada, los podrían hacer en su taller, pues tenía todo para hacer la munición. No saldría nunca a cazar finalmente, aduciendo siempre alguna excusa, pero sí lograría rescatar varios cartuchos, aunque solo necesitaba uno. Jamás había disparado la escopeta, pero sabía que hacía un estruendo fortísimo y tenía una patada tremenda. Bueno, si la había disparado, vacía, jugando a ser Hemingway, a que se la ponía en la boca y jalaba el gatillo con el pulgar del pie. La cargó. Salió a la calle y empezó a gritar: “¡VECINOS, HAN MATADO A MI VIEJA, LO ÚNICO QUE ME MANTENÍA CUERDO, ¿ENTIENDEN QUE AHORA ESTOY SUELTO, Y USTEDES ESTÁN ENCERRADOS CONMIGO? ¿COMPRENDEN QUE DIOS HA MUERTO Y TODO ESTÁ PERMITIDO? NO HAY ANCLA YA PARA MI A ESTE MUNDO Y SU MORAL!” Y disparó.

Un comentario

  1. pippobunorrotri · marzo 31, 2018

    BUEN RELATO

    Le gusta a 1 persona

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