Café en una estación de servicio

 

“Somos los libros que leemos,
los cafés que disfrutamos,
los lugares que visitamos,
las personas que amamos”

 

Domingo en la noche, afuera llovía. Lo había estado haciendo desde el viernes. Decir «afuera llovía» no es una obviedad, porque adentro de mi cuarto también se llovía.
Cuando paró un poco, salí a tomar algo de aire. Las moscas de la humedad invadían la cocina, y la señora S… había inundado de insecticida la casa, por lo que me sentía como Gregorio Samsa en La Metamorfosis.
Caminé hasta el centro por calles iluminadas con faroles de luz amarilla, y entré en la cafetería de una gasolinera ubicada en una de las famosas cinco esquinas.
Me senté al lado del vidrio que daba a los surtidores, luego de pedir una lágrima en el mostrador. Entre sorbo y sorbo miraba el flujo de autos ir y venir para recargar combustible. Por los parlantes del local se escuchaba Iron & Wine. Tardé un par de canciones en reconocerlo, pero cuando finalmente lo hice me acordé también de ella, que me lo había hecho escuchar por primera vez. La nostalgia es así. No se puede hacer nada: los recuerdos vienen con sentimientos adjuntos.
De la parte trasera de un Peugeot 206 que se frenó en la puerta con las balizas, bajó una chica a comprar una cocacola. El buzo que llevaba puesto decía «WHO SITS ALONE, con la misma tipografía que se suele usar para objetos decorativos de la cocina. «Yo, yo me siento solo», respondí al aire riendo por el juego de palabras con el inglés.

A las diez menos cuarto se hizo el cambio de turno. Intuyo que la siguiente escena se repite todos los días: a esa misma hora, el chofer que va para C…, se desvía y estaciona el colectivo con pasajeros a bordo en la playa de la gasolinera, y se baja a comprar puchos. La empleada que termina su turno, aprovecha entonces para tomarse el colectivo en esa parada improvisada.

De diez personas que entran, siete compran cigarrillos y dos hacen recargas virtuales de celular. El otro restante pide la llave para usar el baño. Debo ser la excepción al pedir un café y sentarme allí a beberlo.

La chica del turno nocturno cambió la música y puso ritmos latinos. No hay mucho más para contar: la Vida misma. Lo necesario y suficiente para sacarlo a uno de sí mismo, aunque sea por un rato; un rato que es un espacio de tiempo de alguna duración, en este caso, un café de domingo lluvioso por la noche, en una estación de servicio.

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