El cigarrillo

 

Estaba sentado en el piso leyendo al lado de la estufa eléctrica, aprovechando la luz amarilla que salía del único filamento encendido, para ahorrar luz. De pronto me surgieron ganas de fumar, pero tengo una estrategia para controlarlo: no compro y le mangueo a otros, como soy un huraño… aunque últimamente ando más sociable, ¡lo que logra el vicio!
Miré en un acto reflejo al escritorio, todavía desde el piso, y volví a mi lectura. A las pocas líneas, me distraje, “¿por qué hice eso, qué llamó mi atención?”. Como no me podía concentrar en lo que leía, volví a mirar. Jamás pensé encontrarme con aquello.
Al inspeccionar el orden que guarda mi caos personal, vi en el espejo negro de la notebook, el reflejo de algo extraño. Me levanté y había una persona del otro lado de la pantalla apagada. Sin decir nada, esta me extendió un cigarrillo y me preguntó si tenía fuego, al mismo tiempo que extendía su otra mano con un encendedor zippo; miré a uno de los costados del escritorio y vi mis encendedores, pero me pareció descortés no aceptar el gesto.
Prendido el cigarrillo me senté y con la primer bocanada solté un “Gracias”, —“De nada” —contestó el otro, siguiendo —“Disfrutalo, cuando termines ese cigarrillo, uno de los siguientes deseos se te habrá cumplido: volver a tener la capacidad de autoengañarte, o conocer a Platón. ¿Nunca te enseñaron a no aceptar cosas de extraños?”
Cuando somos chicos, la pregunta es, cuántos lengüetazos son necesarios hasta llegar al centro del chupetín; cuando somos grandes, es cuántos para darle un orgasmo a una mujer; o como en este caso, cuántas pitadas hasta llegar al filtro y consumirse uno con el cigarro.
Las fui contando, y pronto me di cuenta que hay muchas variables: el tipo de tabaco; el papel que lo envuelve; si fue armado o no por las propias manos; si estamos afuera o dentro al resguardo del viento; el largo de la inhalación; cuánto tiempo lo dejamos descansar entre los dedos mientras divagamos.
Me concentré en esto para que no me vuelva a pasar, y así manejar mi tiempo para desear; total esta vez, el deseo lo tenía decidido desde el principio.

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