Bobbleheads

 

En una de las piezas dentro de mi cabeza, hay un mueble de varias repisas repleto de esos muñequitos que se suelen colocar sobre los tableros de los autos, como el perrito, muy común en los taxis, que mueve la cabeza con el andar del coche.
En mi caso, son pequeñas figuras de mis vínculos: hay una de mi madre, de mis amigos, de mi psicóloga, hasta de quienes ya no están; todos cabezones, similares a los juguetes promocionales de Coca-cola® del mundial de fútbol Francia ’98.
Cuando algo me recuerda a uno de ellos, o pienso en qué me podrían llegar a decir si les hiciera una pregunta, y por qué no también, cuando ellos mismos me quieren decir algo a través del tiempo y a pesar del espacio, empiezan a mover su cabeza de arriba a abajo y en círculo.

Por ejemplo, la de mi papá (uno de los que ya no están) ayer empezó a cabecear y lo interpreté como una recomendación para que me afeitara. Así lo hice, y en buenahora, porque casualmente hoy resaltaron mi buena presencia, un problema constante para otros, aunque no para mí. Pero al salir, cuando me vi en un reflejo por primera vez, no me reconocí. Me dije a mi mismo «me afeito y ya no sé quién soy»; entonces la cabeza de otro muñeco, la de uno de mis mejores amigos empezó a moverse «No es culpa de la barba»; la de mi psicóloga «¿Y antes sabías quién eras?», y la de mi madre «Nunca sabés en realidad quién sos».

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