Charla con Benedetti

Tarde en la noche, o temprano en la madrugada, el Insomnio me hacía señas desde el escritorio al lado de la cama. Me levanté y cuando me acerqué, me preguntó si no quería charlar. Le dije “sí, muy encantado estaría de escuchar lo que tiene para contar”, a lo que respondió preguntándome con quién quería hablar, “Quiero hablar de la soledad, así que con alguien que la conozca”, y me trajo a Mario Benedetti. Después de saludarme, el escritor uruguayo me leyó un poema de un libro suyo que sacó de mi biblioteca. Una vez hubo terminado, me preguntó qué me parecía y le contesté:

Pareciera que nada hay eterno en el mundo, por eso, la soledad no es ya tan viva pasados diecisiete segundos, a los treinta y cuatro se debilita aún más, a los cincuenta y uno continúa el proceso, para a los sesenta y ocho segundos, al fin, dispersarse inadvertidamente con el estado de ánimo habitual, como el humo del cigarrillo acaba por dispersarse en el aire invisible.

Después de la alegría
después de la plenitud
después del amor
viene la soledad

Me despedí de Mario ya desde la cama, y me dormí.

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