Conexión

A Angeles

“Meet me in outer space”
Stellar, Incubus

Aquella noche la luna menguante estaba en Leo. Se largó a llover torrencialmente ni bien subieron al colectivo. Ella traía paraguas, él no. Hacía exactos treinta y siete días que se conocían. Eso él lo sabía, no porque los hubiera contado, sino por una simple asociación numérica de ideas. La primera vez que se vieron fue el día de cobro del mes diez: por costumbre, este es el cuarto día hábil (jueves en este caso); y esa noche de lluvia que los reencontraba, era la Noche de los Museos (segundo sábado del mes once). Aritmética simple.
Bajaron del colectivo en las calles del viejo barrio portuario, y al resguardo de un puente de la autopista se detuvieron a fumar. Tanto llovía que el agua caía en cascada a su lado desde lo alto del puente. Las paredes de los edificios en frente, estaban pintadas por distintos artistas que se habían repartido el espacio. Se mezclaban paisajes, esculturas helenísticas, pinturas del Renacimiento y del Impresionismo, estética cyberpunk, caracteres japoneses, aparatos y software de los 90’s y 00’s. Las temáticas reflejaban de forma irónica la nostalgia y la depresión, el consumismo y globalización y el conflicto de los límites de lo considerado virtual vs real. En ese momento a ninguno de los dos se le ocurrió pensar que se habían conocido por internet.
El museo al que fueron, en otra época había sido una usina energética de una compañía italo-argentina. Luego de un década de abandono, fue recuperada y se convirtió en la sede del Auditorio de la Ciudad. Como no paraba de llover, corrieron una cuadra hasta su entrada en una de las esquinas de la manzana. Al alzar las cabezas, mojados y agitados, fueron capturados por la luz de un rayo que cubrió con sus ramificaciones la bóveda oscura sobre la torre de la usina. Zeus les había tomado una foto.
Recorrieron los varios pisos con las distintas muestras, las cuales tenían como consigna, el movimiento feminista. En un momento se perdieron uno del otro. Pero él la encontré fácil, ya que ella llevaba una campera inconfundible roja con el Cavallino Rampante. Estaba contemplando un cuadro empotrado en un rincón, en el cual se podía ver a una mujer levantar varios libros del piso al lado de un hombre tirado, quien parecía haberse caído por acción de la mujer al agacharse; detrás otros hombres reían y celebraban. Todo esto con una estética idéntica al de las publicidades norteamericanas de los ’50s. Según la esquela al lado del cuadro, era la representación de la Mujer levantando la cultura después de la fiesta del hombre. De pronto se dio vuelta y lo sorprendió observándola como si ella fuese un cuadro.
Para cuando terminaron de recorrer la exposición, había parado de llover, así que salieron a fumar. Aprovechando que esa noche todos los espacios culturales estaban abiertos al publico gratis y hasta tarde, decidieron ir a otro lugar. Tomaron un nuevo colectivo y se dirigieron al Observatorio en el otro lado de la Ciudad. Allí, se proyectaba un documental del origen del Cosmos en 360° (sobre la semiesfera de la cúpula), mientras uno se encontraba recostado en butacas horizontales. Se ubicaron en los dos primeros lugares contiguos sobre la primera fila. Entonces la bóveda se oscureció y se llenó de estrellas. Alcanzaron la velocidad de la luz, y mientras todo lo demás quedaba atrás e inmóvil, viajaron directo al corazón del Universo. El vértigo hizo que buscaran la mano de uno y otro.
Todo hace pensar que la comunicación mental será por medio de un aparato que permita el volcado de la consciencia para intercambiar data con un otro en el plano virtual. Pero, ¿y las manos? Una caricia dice más que mil palabras; con ellas aprendemos palpando y pellizcando, levantando y sopesando. Con ellas tocamos y manipulamos el Cosmos, le hacemos cosquillas. Al tomarse de las manos, sus pensamientos se fusionaron y ya no importó que tuviesen los ojos abiertos o cerrados. Al separar las manos, quedaron abandonados a sus propios sentidos.
Todo esto vino a la mente de él, exactamente un año después de ese día de cobro, cuando recostado sobre la cama, vio girar en el techo las imágenes espaciales proyectadas por una lámpara comprada en un basar chino. De no haber sabido que podía volver a establecer el contacto, la sensación hubiese sido insoportable.

 

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